En noviembre de 2007, el entonces Vicejefe de Gabinete de la Nación, Jorge Rivas, fue atacado en un acto delictivo que incluyó lesiones de tal gravedad que su propio cuerpo quedó totalmente cuadrapléjico por perpetuidad. Estuvo al borde de la muerte y la recuperación de su vida fue milagrosa, milagro que no se extendió a sus piernas y a su dicción, pues se manejará por siempre en una silla de ruedas y comunicándose por un sintetizador de voz instalado en una laptop.
Rivas asumió como Diputado de la Nación el 20 de Mayo de 2009.
Afiliado al partido socialista, heredero de una tradición coherente que va desde Alfredo Palacios hasta Alfredo Bravo, impulsó desde su militancia y cargos públicos políticas de inclusión social y de distribución del ingreso. Pregonó, desde siempre, que la salida para la inseguridad no es represión sino inclusión, que la justicia de la ley sólo es posible con la justicia social. Su opiniones sobre el origen de la inseguridad nos llevan a la pobreza generada por gobiernos neoliberales y capitalistas, la exclusión social que es creada por la concentración de riqueza.
Ahora, los de soluciones fáciles dirán y se jactarán se su "cambio de opinión", montarán discursos como "este piensa así porque a él no le tocó" y repetirán atrocidades como la "mano dura", la criminalización de la pobreza y los excluidos...
Pero no. En una entrevista, sintetizador mediante, Rivas no sólo reafirmó, sino que profundizó sus concepciones sobre la inseguridad producida por la exlusión y la lucha sin cuartel contra la pobreza como medidas preventivas y únicas eficaces y humanas; y criticó duramente a aquellos que quieren montar pánico y atribuir la culpa de la pobreza a un gobierno cuando son ellos mismos los que la generan.
Ejemplo de coherencia, ejemplo de que las ideas son más fuertes que lo que las corporaciones mediáticas quieren instaurar.
Ejemplo de convicción, de lucha, de vida. Salud, Jorge Rivas.
jueves, 3 de diciembre de 2009
jueves, 22 de octubre de 2009
La Paz de Obama
Todo el mundo sabe que el presidente de los Estados Unidos ha sido galardonado con el Premio Nobel de la Paz, ingresando a una lista integrada por Adolfo Pérez Esquivel, Rigoberta Menchú, Lech Walesa, Martin Luther King, Teresa de Calcuta... Todo el mundo sabe que los Estados Unidos son responsables de genocidios a lo largo y a lo ancho de la tierra y de la historia.
El presidente Obama no ha movido un dedo para levantar el devastador embargo contra Cuba, ha enviado más tropas a Irak y a Afganistán la misma semana de su designación, se propone levantar cinco bases militares en territorio colombiano, ha insistido en la instauración del liberalismo económico con los tratados de libre comercio que han devastado las economías industriales latinoamericanas...
La paz es mucho más que ese premio, que ha perdido toda credibilidad. La paz, hermanos, no es simplemente la no-guerra, la paz es la búsqueda de la justicia y la igualdad entre todos los seres humanos, es la opción por los excluidos, por los que ni siquiera se sabe que existen. La paz es poner delante a los que tipos como Obama ponen detrás.
¿Premio Nobel de la Paz? Si no fuera por los hombres y las mujeres que he nombrado arriba y tantos otros veraderos paladines de la paz, escupiría en ese nombre...
El presidente Obama no ha movido un dedo para levantar el devastador embargo contra Cuba, ha enviado más tropas a Irak y a Afganistán la misma semana de su designación, se propone levantar cinco bases militares en territorio colombiano, ha insistido en la instauración del liberalismo económico con los tratados de libre comercio que han devastado las economías industriales latinoamericanas...
La paz es mucho más que ese premio, que ha perdido toda credibilidad. La paz, hermanos, no es simplemente la no-guerra, la paz es la búsqueda de la justicia y la igualdad entre todos los seres humanos, es la opción por los excluidos, por los que ni siquiera se sabe que existen. La paz es poner delante a los que tipos como Obama ponen detrás.
¿Premio Nobel de la Paz? Si no fuera por los hombres y las mujeres que he nombrado arriba y tantos otros veraderos paladines de la paz, escupiría en ese nombre...
martes, 20 de octubre de 2009
Protesta social
Pocas cosas son tan democráticas como las posibilidad de manifestación pública. Como la asociación por el reclamo, como la resistencia pacífica, como el grito que prorrumpe ante la injusticia de una pseudo democracia que no es sino la fachada angelical de la demoníaca tiranía del corporativismo internacional, en alianza con las burguesías locales que preservan su posición a costa del pueblo. Ambos parásitos del pueblo.
Protesto contra la criminalización de la protesta. El individualismo ha minado hasta nuestra concepción de justicia: los derechos son siempre individuales, mi libertad termina cuando empieza del otro y comienza cuando otro otro lo permite. No existe solidaridad sino restricción, no existe libertad sino condicionamientos, millones de adversarios de mi lucro personal. Todos tenemos derecho de ir a trabajar, tenemos la necesidad de llegar a casa, de usar el espacio público, pero, sin dudas, los derechos de todos son más importantes que los derechos de cada uno. Seguramente me tildarán de comunista, violento y todos los epítetos que aquellos que creen que los otros son mis enemigos en lugar de mis hermanos suelen utilizar en estos casos.
Pero digo: pensemos en el otro como nosotros, pensemos que cada despido, cada violación de derechos (y mucho más si esos derechos son fundamentales y humanos como la expresión) es una violacion a nuestra propia condición de ciudadanos y personas.
La concepción individualista de la libertad no libera, nos sume en una guerra por la supervivencia donde me puedo valer de absolutamente todo para eliminar a quél lobo que amenaza mi existencia.
Protesto contra la criminalización de la protesta. El individualismo ha minado hasta nuestra concepción de justicia: los derechos son siempre individuales, mi libertad termina cuando empieza del otro y comienza cuando otro otro lo permite. No existe solidaridad sino restricción, no existe libertad sino condicionamientos, millones de adversarios de mi lucro personal. Todos tenemos derecho de ir a trabajar, tenemos la necesidad de llegar a casa, de usar el espacio público, pero, sin dudas, los derechos de todos son más importantes que los derechos de cada uno. Seguramente me tildarán de comunista, violento y todos los epítetos que aquellos que creen que los otros son mis enemigos en lugar de mis hermanos suelen utilizar en estos casos.
Pero digo: pensemos en el otro como nosotros, pensemos que cada despido, cada violación de derechos (y mucho más si esos derechos son fundamentales y humanos como la expresión) es una violacion a nuestra propia condición de ciudadanos y personas.
La concepción individualista de la libertad no libera, nos sume en una guerra por la supervivencia donde me puedo valer de absolutamente todo para eliminar a quél lobo que amenaza mi existencia.
sábado, 3 de octubre de 2009
Orgasmos
Sólo unas pocas cosas nos revientan, nos hacen salir de nosotros y volver renovados. El placer es el ejemplo paradigmático: no se alerten puritanos, que mi hedonismo es totalmente humano.
El placer es el summum de la experiencia, es la vida vivida en su mayor intensidad;y no sin referirme al placer estrictamente sexual, denuncio aquellos cazadores de la vida que buscan hostigar a los placenteros momentos con la expectativa de conservar el statu quo.
Esta es una de las razones por la que no puedo dejar de sentir al placer como algo revolucionario: no sólo la liberación sexual (femenina ante todo, porque los hombres hemos estado liberados desde que tomamos el poder de la familia) sino la liberación de la opresión del monodiscurso, de las legitimaciones moralistas e ideológicas.
Piensen en el renacer que experimentamos cuando hacemos el amor, pero también cuando pateamos una pelota indefinidamente hacia delante, cuando gritamos con la certeza de que nadie escucha, con la nostalgia quizás de que alguien escuche; cuando somos lo que queremos, y queremos lo que somos. Cuando no queda nada más por hacer y, de repente, todo es nuevo. Cuando, lejos de saciarnos, prohijamos un apetito voraz por más libertad, más placer.
El placer es aquello que nos lleva al orgasmo, pero no sólo el orgasmo sexual, el intelectual, el afectivo, el vital. Nuestra vida tiene que ser orgásmica, o por lo menos buscar el orgasmo: sólo en el orgasmo experimentamos todo lo que la vida tiene para ofrecernos y la intensidad alcanza sus niveles cenitales. Y, como hemos dicho, sólo lo intenso, sólo lo orgásmico redime, la liberación del placer hace de nosotros personas totalmente éticas, absolutamente responsables por sus actos y con un amor por el mundo que difícil pueda igualarse desde la perspectiva racional y muchos menos represiva, donde el mundo es peligroso, reducto de los errores y de las malformaciones de la conciencia.
Para los que que nieguen la sociabilidad de tales afirmaciones no queda otra cosa que invitarlos a vivir plenamente, a experimentar y sólo ahí valorar.
Para los racionalistas que puedan juzgar esta postulación apriorísticamente sólo queda el consejo de abrirse a la vida que es contradictoria, emocional, impredecible, nueva, orgásmica.
El placer es el summum de la experiencia, es la vida vivida en su mayor intensidad;y no sin referirme al placer estrictamente sexual, denuncio aquellos cazadores de la vida que buscan hostigar a los placenteros momentos con la expectativa de conservar el statu quo.
Esta es una de las razones por la que no puedo dejar de sentir al placer como algo revolucionario: no sólo la liberación sexual (femenina ante todo, porque los hombres hemos estado liberados desde que tomamos el poder de la familia) sino la liberación de la opresión del monodiscurso, de las legitimaciones moralistas e ideológicas.
Piensen en el renacer que experimentamos cuando hacemos el amor, pero también cuando pateamos una pelota indefinidamente hacia delante, cuando gritamos con la certeza de que nadie escucha, con la nostalgia quizás de que alguien escuche; cuando somos lo que queremos, y queremos lo que somos. Cuando no queda nada más por hacer y, de repente, todo es nuevo. Cuando, lejos de saciarnos, prohijamos un apetito voraz por más libertad, más placer.
El placer es aquello que nos lleva al orgasmo, pero no sólo el orgasmo sexual, el intelectual, el afectivo, el vital. Nuestra vida tiene que ser orgásmica, o por lo menos buscar el orgasmo: sólo en el orgasmo experimentamos todo lo que la vida tiene para ofrecernos y la intensidad alcanza sus niveles cenitales. Y, como hemos dicho, sólo lo intenso, sólo lo orgásmico redime, la liberación del placer hace de nosotros personas totalmente éticas, absolutamente responsables por sus actos y con un amor por el mundo que difícil pueda igualarse desde la perspectiva racional y muchos menos represiva, donde el mundo es peligroso, reducto de los errores y de las malformaciones de la conciencia.
Para los que que nieguen la sociabilidad de tales afirmaciones no queda otra cosa que invitarlos a vivir plenamente, a experimentar y sólo ahí valorar.
Para los racionalistas que puedan juzgar esta postulación apriorísticamente sólo queda el consejo de abrirse a la vida que es contradictoria, emocional, impredecible, nueva, orgásmica.
domingo, 30 de agosto de 2009
Susanitas y Mafaldas
Ningún argentino (y me animo a decir hispanoparlante) puede morirse sin leer a Quino, especialmente en "Mafalda".
La profundidad y vigencia de sus viñetas son apabullantes, debería dedicar un blog entero a ello, no sólo una entrada. Pero con las disculpas pertinentes a don Joaquín Lavado, me limito a mencionar los modelos de mujer que pueden aventurarse detrás de Mafalda y Susanita, lo que él mismo ha profundizado y que yo sólo menciono, consciente de mi herejía.
Susanita es totalmente pasiva, busca que el mundo se le venga, marido incluido. Casarse, tener hijos y ser feliz. Y dejar pasar la vida, sin otra preocupación que sus hijos y su marido y, con el tiempo, los nietos. Feliz como una buena y celosa madre.
Mafalda se encuentra con el mundo porque sale a buscarlo, su curiosidad y asombro marcan su vida, la indignación y la incertidumbre, la resistencia, la rebeldía, la inocencia que grita. Más idealista aún que Libertad, más adulta que Felipe, más inocente que Miguelito. Pero todo una mujer: la que no se calla, la que lucha, la que piensa, la que es ella misma y no reproduce estereotipos de género, la que se crea su vida y busca ser cada vez más ella y más justa. La que siente, la que ruega, la que cree que el mundo puede salvarse, la mira más allá de sus propios ojos.
Susanita no quiere otra cosa que trasnscurrir. Se siente realizada con sólo tener hijos, su aporte a la humanidad es la continuidad de la especie: todas las féminas animales hacen lo mismo. Su felicidad es aceptar lo dado.
Mafalda quiere vivir. No hacer el mundo según sus ganas, sino modificarlo, hacerlo más equitativo y pacífico, pensando por sí misma, independiente y pujante. Sin dudas la humanidad le debe más a Mafalda que a Susanita.
Nadie debe pasar por el mundo sólo transcurriendo. Los hombres y las mujeres estamos convocados a crear mundos más justos antes que reproducir la injusticia actual. Sólo podemos ser felices en la medida que luchamos contra la corriente de inequidad y de deshumanización. Necesitamos más Mafaldas que impidan a la humanidad autodestruirse. Somos nosotros los únicos responsables de las calamidades de la Tierra. Y también de la posibilidad de solucionarlas, sólo debemos dejar de reproducir el mundo como Susanita y gritar de rebeldía como Mafalda.
Hoy ella tiene 47 años, seguramente no dejó que la vida la cambie, sino que ella cambió (eligió) cada segundo de su vida.
La profundidad y vigencia de sus viñetas son apabullantes, debería dedicar un blog entero a ello, no sólo una entrada. Pero con las disculpas pertinentes a don Joaquín Lavado, me limito a mencionar los modelos de mujer que pueden aventurarse detrás de Mafalda y Susanita, lo que él mismo ha profundizado y que yo sólo menciono, consciente de mi herejía.
Susanita es totalmente pasiva, busca que el mundo se le venga, marido incluido. Casarse, tener hijos y ser feliz. Y dejar pasar la vida, sin otra preocupación que sus hijos y su marido y, con el tiempo, los nietos. Feliz como una buena y celosa madre.
Mafalda se encuentra con el mundo porque sale a buscarlo, su curiosidad y asombro marcan su vida, la indignación y la incertidumbre, la resistencia, la rebeldía, la inocencia que grita. Más idealista aún que Libertad, más adulta que Felipe, más inocente que Miguelito. Pero todo una mujer: la que no se calla, la que lucha, la que piensa, la que es ella misma y no reproduce estereotipos de género, la que se crea su vida y busca ser cada vez más ella y más justa. La que siente, la que ruega, la que cree que el mundo puede salvarse, la mira más allá de sus propios ojos.
Susanita no quiere otra cosa que trasnscurrir. Se siente realizada con sólo tener hijos, su aporte a la humanidad es la continuidad de la especie: todas las féminas animales hacen lo mismo. Su felicidad es aceptar lo dado.
Mafalda quiere vivir. No hacer el mundo según sus ganas, sino modificarlo, hacerlo más equitativo y pacífico, pensando por sí misma, independiente y pujante. Sin dudas la humanidad le debe más a Mafalda que a Susanita.
Nadie debe pasar por el mundo sólo transcurriendo. Los hombres y las mujeres estamos convocados a crear mundos más justos antes que reproducir la injusticia actual. Sólo podemos ser felices en la medida que luchamos contra la corriente de inequidad y de deshumanización. Necesitamos más Mafaldas que impidan a la humanidad autodestruirse. Somos nosotros los únicos responsables de las calamidades de la Tierra. Y también de la posibilidad de solucionarlas, sólo debemos dejar de reproducir el mundo como Susanita y gritar de rebeldía como Mafalda.
Hoy ella tiene 47 años, seguramente no dejó que la vida la cambie, sino que ella cambió (eligió) cada segundo de su vida.
miércoles, 19 de agosto de 2009
Proyectos políticos
Nuevamente la política me hace pensar. Últimamente, y como habrán notado, mucho más que la Filosofía. Hoy es la oposición al gobierno kircherista lo que me motiva una entrada. Aclaro que no soy seguidor de los Kirchner, incluso no los voté en la última elección.
La oposición me hace acordar al más radical nihilismo filosófico: su síntesis conceptual puede reducirse a un gran "no". No retenciones, no nacionalizaciones, no a la ley de medios de comunicación, no a la eliminación de las AFJP... enumeración con demasiados etcéteras para la calidad institucional.
El proyecto político de la oposición en la Argentina es cada vez más unificado: a pesar de registrar un variado espectro ideológico concluyen todos exactamente lo mismo: "no". No a lo que provenga del Gobierno, sin importar contenido, ni riqueza técnica ni siquiera iniciativas demandadas por ellos. No a todo lo que tenga el sello oficial, aunque la medida concuerde con las opciones de quienes niegan.
Pero, como en filosofía, no podemos definir algo por su negación, no podemos hablar de sus proyectos desde sus reiterados noes. ¿Dónde está el proyecto político de la oposición? De tenerlo, es hora que lo confronten con las medidas oficiales en lugar de limitarse a decir simplemente "no". El vacío de contenido es explícito.
La oposición en la Argentina es simplemente la improvisación de la negación ante lo propuesto, la refutación ciega de quien no habla desde lo que piensa sino desde el lugar que ocupa.
La oposición me hace acordar al más radical nihilismo filosófico: su síntesis conceptual puede reducirse a un gran "no". No retenciones, no nacionalizaciones, no a la ley de medios de comunicación, no a la eliminación de las AFJP... enumeración con demasiados etcéteras para la calidad institucional.
El proyecto político de la oposición en la Argentina es cada vez más unificado: a pesar de registrar un variado espectro ideológico concluyen todos exactamente lo mismo: "no". No a lo que provenga del Gobierno, sin importar contenido, ni riqueza técnica ni siquiera iniciativas demandadas por ellos. No a todo lo que tenga el sello oficial, aunque la medida concuerde con las opciones de quienes niegan.
Pero, como en filosofía, no podemos definir algo por su negación, no podemos hablar de sus proyectos desde sus reiterados noes. ¿Dónde está el proyecto político de la oposición? De tenerlo, es hora que lo confronten con las medidas oficiales en lugar de limitarse a decir simplemente "no". El vacío de contenido es explícito.
La oposición en la Argentina es simplemente la improvisación de la negación ante lo propuesto, la refutación ciega de quien no habla desde lo que piensa sino desde el lugar que ocupa.
domingo, 16 de agosto de 2009
Mano dura
Es común escuchar hablar sobre la seguridad. Expresiones de fastidio, bronca, desesperanza. Nos sentimos inseguros y elevamos la voz de la rabia, no sabemos qué más hacer, votamos a payasos que dicen que tienen la fórmula mágica y sólo ponen su cara feliz y sonriente al lado de la palabra “seguridad”. Ha sido el deleite de los publicistas y un anhelo de la población en las últimas elecciones, que inexorablemente consagrarían ganador a quien mejor se posicionara en relación a estas demandas, lo que previsiblemente se obtendría mediante millonarias inversiones y apariciones en programas de audiencia masiva.
La opinión pública pretende obtener la seguridad con marchas y endurecimiento de penas, siendo lo primero absolutamente legítimo y lo segundo tan legítimo como un golpe de Estado. La búsqueda de seguridad es acompañada por las innumerables noticias de homicidios y robos, sobre todo perpetrados por menores de edad que, a menudo, son reincidentes y automáticamente rotulados como irrecuperables y amenazas sociales que hay que encerrar urgentemente, de ser posible de por vida.
No pretendo negar la verosimilitud de tales noticias, sería necedad, incluso viniendo de alguien que desconfía de los intereses corporativos que comúnmente llamamos medios de comunicación. Necesito cuestionar el facilismo con que se pretende dar solución al problema. Los que se postulan como paladines de la seguridad proponen (por así decirlo, en realidad esta pseudopropuesta ha sido abstraída de su perspectiva ideológica. No he encontrado, al menos en la última plataforma electoral, anticipos de proyectos de ley nacional que pretenda dar cuenta de posibles soluciones) mayor inversión policial (léase mayor poder a los aparatos represivos del Estado), endurecimiento del código penal, tristemente logrado con las leyes Blumberg, erradicación de villas y reubicación en cinturones pobres, como el Ingeniero Macri pretende hacer con la 31 y su migración al Sur de la Ciudad.
Represión y endurecimiento: soluciones facilistas y fascistas.
Lo que más urge denunciar es la ceguera en el ánimo general y la instalación de estas medidas como únicas soluciones al planteo de la seguridad. La tarea policial no soluciona la cascada delictiva puesto que, en el mejor de los casos, no resuelve la raíz del problema sino que intenta podar los brotes, en otras palabras, mayor inversión en tecnología y personal llevaría a una policía más fuerte y más capacitada para actuar sobre los hechos delictivos pero no solucionaría nada, porque el mismo delito no es más que la punta del iceberg, el emergente del problema real que es la pobreza. Nuevamente se yerra metodológicamente: es mucho más efectivo atacar la base del fuego que sus llamas, cortar las raíces que podar la enredadera. Se busca reprimir los emergentes de la inseguridad, no las causas de ella.
El endurecimiento de las penas es estéril, incluso contraproducente. ¿Cuál es beneficio? El presupuesto absurdo de la intimidación y la justicia de ver a los delincuentes encerrados un tiempo mayor. El primero es ilusorio y no encuentra corroboración estadística doquiera, el segundo viola los principios de la rehabilitación del delincuente. Sé muy bien que hay argumentos de sobra para castigar precisamente la tesis rehabilitante: la reincidencia, la anatematización de las personas, la exclusión total del sistema productivo. Sin embargo, son falencias atribuibles a la pauperización del sistema carcelario y no a la naturaleza de la ley.
Las medidas que nos venden como únicas posibles son medidas de defensa de los que tienen y una criminalización de la pobreza, la reducción de los sectores marginales a amenazas de la gente común y de bien, de los laburantes y de los honestos.
Los supuestos de estas afirmaciones son la legitimación de la exclusión, la sanción de leyes de aparente neutralidad social, pero destinadas a aplicarse con toda severidad en las clases más pobres, porque son ellos los delincuentes, son ellos quienes deben ser reprimidos por las fuerzas de seguridad quienes deben defender a la gente “honesta”.
La rotulación es exagerada, pero no menos real. Al lector medio le resultará familiar o no este discurso, pero es el que se esconde detrás de la “mano dura”. También son conocidas las doctrinas que afirman que los pobres lo son porque quieren, o porque no quieren trabajar, o más “benevolentemente” porque no saben lo que es. Ni siquiera debo molestarme en refutar las afirmaciones que se realizan desde la mayor de las ignorancias de la pobreza estructural y desde el más negro de los prejuicios de la clase media.
Pobre es aquel que no sólo no tiene, sino que no puede tener. Para los que aman este sistema de éxito, que no premia los méritos humanos sino la capacidad de enriquecerse a cualquier costo, sepan que esta estructura de producción excluye masas y masas de su sistema y no sólo es la distancia entre el trabajador y el dueño del capital, sino los que ni siquiera tienen en poder de ofrecer su mano de obra al Mercado. Son los sacrificados por el sistema de producción, quienes no tienen la posibilidad de cubrir sus necesidades básicas porque no tienen la posibilidad de tener ingresos. Y esto es sólo un aspecto de la pobreza, la que la misma riqueza genera.
La producción del capital y el neoliberalismo hacen que millones de personas se vean imposibilitadas de trabajar por su dignidad y su propio sustento. Precisamente para los que más tienen tengan más, lo que menos tienen deben tener menos. Así la pauperización estructural queda servida: con necesidades básicas insatisfechas es imposible su acceso a la educación que es uno de los medios de ascenso social, su número millonario es razón suficiente para el colapso de hospitales y la ya nombrada exclusión laboral hace que los pobres cada vez sean más pobres. Incluso se les reprocha la gran cantidad de hijos: mi refutación sólo será: “nefasto argumento malthusiano”.
La competitividad y el lucro personal excluyen a los que nacen pobres, porque las oportunidades de progreso no son las mismas. Y los que están dentro de la producción deben protegerse de los que están fuera.
La “mano dura” no hace más que criminalizar la pobreza: es intentar matar con balas el monstruo gigantesco que el mismo capitalismo ha engendrado. El mismo sistema ha creado su amenaza y la ley debe defenderlo.
La solución no es aplacar los síntomas sino combatir el núcleo de la enfermedad, además de aquello que le da origen: para combatir la delincuencia hay que cortarle su raíz que es la pobreza y para combatir la pobreza tenemos que combatir su causa eficiente y material que es la exclusión intrínseca del modo de producción vigente y las relaciones sociales que configura. La pretensión de la “mano dura” es hacer pagar a otros, muchas veces inocentes, por las ambiciones de unos pocos.
La opinión pública pretende obtener la seguridad con marchas y endurecimiento de penas, siendo lo primero absolutamente legítimo y lo segundo tan legítimo como un golpe de Estado. La búsqueda de seguridad es acompañada por las innumerables noticias de homicidios y robos, sobre todo perpetrados por menores de edad que, a menudo, son reincidentes y automáticamente rotulados como irrecuperables y amenazas sociales que hay que encerrar urgentemente, de ser posible de por vida.
No pretendo negar la verosimilitud de tales noticias, sería necedad, incluso viniendo de alguien que desconfía de los intereses corporativos que comúnmente llamamos medios de comunicación. Necesito cuestionar el facilismo con que se pretende dar solución al problema. Los que se postulan como paladines de la seguridad proponen (por así decirlo, en realidad esta pseudopropuesta ha sido abstraída de su perspectiva ideológica. No he encontrado, al menos en la última plataforma electoral, anticipos de proyectos de ley nacional que pretenda dar cuenta de posibles soluciones) mayor inversión policial (léase mayor poder a los aparatos represivos del Estado), endurecimiento del código penal, tristemente logrado con las leyes Blumberg, erradicación de villas y reubicación en cinturones pobres, como el Ingeniero Macri pretende hacer con la 31 y su migración al Sur de la Ciudad.
Represión y endurecimiento: soluciones facilistas y fascistas.
Lo que más urge denunciar es la ceguera en el ánimo general y la instalación de estas medidas como únicas soluciones al planteo de la seguridad. La tarea policial no soluciona la cascada delictiva puesto que, en el mejor de los casos, no resuelve la raíz del problema sino que intenta podar los brotes, en otras palabras, mayor inversión en tecnología y personal llevaría a una policía más fuerte y más capacitada para actuar sobre los hechos delictivos pero no solucionaría nada, porque el mismo delito no es más que la punta del iceberg, el emergente del problema real que es la pobreza. Nuevamente se yerra metodológicamente: es mucho más efectivo atacar la base del fuego que sus llamas, cortar las raíces que podar la enredadera. Se busca reprimir los emergentes de la inseguridad, no las causas de ella.
El endurecimiento de las penas es estéril, incluso contraproducente. ¿Cuál es beneficio? El presupuesto absurdo de la intimidación y la justicia de ver a los delincuentes encerrados un tiempo mayor. El primero es ilusorio y no encuentra corroboración estadística doquiera, el segundo viola los principios de la rehabilitación del delincuente. Sé muy bien que hay argumentos de sobra para castigar precisamente la tesis rehabilitante: la reincidencia, la anatematización de las personas, la exclusión total del sistema productivo. Sin embargo, son falencias atribuibles a la pauperización del sistema carcelario y no a la naturaleza de la ley.
Las medidas que nos venden como únicas posibles son medidas de defensa de los que tienen y una criminalización de la pobreza, la reducción de los sectores marginales a amenazas de la gente común y de bien, de los laburantes y de los honestos.
Los supuestos de estas afirmaciones son la legitimación de la exclusión, la sanción de leyes de aparente neutralidad social, pero destinadas a aplicarse con toda severidad en las clases más pobres, porque son ellos los delincuentes, son ellos quienes deben ser reprimidos por las fuerzas de seguridad quienes deben defender a la gente “honesta”.
La rotulación es exagerada, pero no menos real. Al lector medio le resultará familiar o no este discurso, pero es el que se esconde detrás de la “mano dura”. También son conocidas las doctrinas que afirman que los pobres lo son porque quieren, o porque no quieren trabajar, o más “benevolentemente” porque no saben lo que es. Ni siquiera debo molestarme en refutar las afirmaciones que se realizan desde la mayor de las ignorancias de la pobreza estructural y desde el más negro de los prejuicios de la clase media.
Pobre es aquel que no sólo no tiene, sino que no puede tener. Para los que aman este sistema de éxito, que no premia los méritos humanos sino la capacidad de enriquecerse a cualquier costo, sepan que esta estructura de producción excluye masas y masas de su sistema y no sólo es la distancia entre el trabajador y el dueño del capital, sino los que ni siquiera tienen en poder de ofrecer su mano de obra al Mercado. Son los sacrificados por el sistema de producción, quienes no tienen la posibilidad de cubrir sus necesidades básicas porque no tienen la posibilidad de tener ingresos. Y esto es sólo un aspecto de la pobreza, la que la misma riqueza genera.
La producción del capital y el neoliberalismo hacen que millones de personas se vean imposibilitadas de trabajar por su dignidad y su propio sustento. Precisamente para los que más tienen tengan más, lo que menos tienen deben tener menos. Así la pauperización estructural queda servida: con necesidades básicas insatisfechas es imposible su acceso a la educación que es uno de los medios de ascenso social, su número millonario es razón suficiente para el colapso de hospitales y la ya nombrada exclusión laboral hace que los pobres cada vez sean más pobres. Incluso se les reprocha la gran cantidad de hijos: mi refutación sólo será: “nefasto argumento malthusiano”.
La competitividad y el lucro personal excluyen a los que nacen pobres, porque las oportunidades de progreso no son las mismas. Y los que están dentro de la producción deben protegerse de los que están fuera.
La “mano dura” no hace más que criminalizar la pobreza: es intentar matar con balas el monstruo gigantesco que el mismo capitalismo ha engendrado. El mismo sistema ha creado su amenaza y la ley debe defenderlo.
La solución no es aplacar los síntomas sino combatir el núcleo de la enfermedad, además de aquello que le da origen: para combatir la delincuencia hay que cortarle su raíz que es la pobreza y para combatir la pobreza tenemos que combatir su causa eficiente y material que es la exclusión intrínseca del modo de producción vigente y las relaciones sociales que configura. La pretensión de la “mano dura” es hacer pagar a otros, muchas veces inocentes, por las ambiciones de unos pocos.
jueves, 6 de agosto de 2009
Pelotudización
Esta entrada se puede llamar "Tinelli" Pero no voy a caer en la crítica previsible de denostar a este personaje que lucra a costa de llenarle la cabeza a la gente de sus propias tendencias políticas, de tetas siliconadas y de obstusas nimiedades con el fin de "entretener" Sin embargo, él es el prototipo del proceso de pelotudización de la sociedad argentina, que tiene dos vertientes claramente diferenciadas pero que se complementan de maravilla: el entretenimiento y el sentido común. El entretenimiento abarca el espectáculo, la banalización del esparcimiento y la vacuidad del pensamiento: baile del caño, idiotas en bolas, incluso mi amado fútbol. Pan y circo. Totalmente circo. Pero, en este circo, los gladiadores no mueren sino que son recompensados por apariciones fugaces en los programas de chimentos de la tarde, los encargados de llevar el entretenimiento al grado más bizarro y peligroso de la pelotudización: la exposición de la propia intimidad como objeto de consumo y, en el mejor de los casos, el montaje de una escena falaz y escandalosa que sólo busca rating. Sólo entretiene lo superfluo, lo fácil, lo fugaz, lo pelotudo.
El sentido común es muchísimo más peligroso. Durkheim había advertido que la opinión pública solía ser más poderosa en la cristalización de la verdad que la misma ciencia. En otras palabras, lo que llamamos sentido común es la forma más sólida de aparición de lo que se considera verdadero. Pero nada más falso.
Su falsedad intrínseca no radica en el desprecio por la opinón del "vulgo" en tanto masa ignorante. Esa es una perspectiva de la aristocracia paternalista que considera a los pobres como absolutamente incapaces de pensar. Tampoco se halla en el hecho que las masas basan sus opiniones en los ánimos y no en la razón.
Precismente la opinión pública es tan peligrosa porque no es tan pública que digamos. No corresponde a lo que una sociedad cree, ni siquiera a lo que cierto sector cree, sino a lo que un grupo reducido piensa, y cómo no, de acuerdo a sus intereses. Nos quieren hacer creer, estos formadores de la opinión pública, que el sentido que ellos dan a las cosas es el sentido común, que lo que piensan ellos lo pensamos todos.
Los bautizados "formadores de opinión" no son tales, son silenciadores de otras opiniones que no sean los intereses de los grupos que representan. Lo que se escucha en la calle es lo que ellos inculcan a quienes están subsumidos en el entretenimiento o a los que, objetivamente, opinan después de ver el noticiero de la noche o "Gran Cuñado" ¡Pero ojo! ¡Un programa donde se parodia la política no es política! ¡Qué tendenciosos somos los que no podemos dejar de interpretar un programa de humor donde se exaltan los puntos negativos de un sector político y se promociona la candidatura de otro, como algo diferente a lo que es! ¡Sólo entretenimiento!
Los formadores de opinión son inculcadores de opinión o, en el mejor de los casos, son reproductores y legitimadores de las opiniones construidas por sectores dominantes.
Además, es muy frecuente que gente que acepta estas opiniones o que resulta beneficiada con ellas, las ensalce entronizándolas diciendo "es lo que piensa la mayoría", "lo que se escucha en la calle", "lo que cree la gente", obvimente sin otro fundamento que su propia sensación y sin una contrastación razonable con un análisis social ni, mucho menos, citando la fuente para tan certera afirmación.
El sentido común, en definitiva, está lejos de ser una opinión social sino que es una opinión hegemónica y apropiada por quienes, de "común" y ¨público" no tienen nada.
Así, la pelotudización queda servida. Somos pelotudizados porque, mientras nos entretienen con el circo, nos vacían la cabeza para después llenarla de lo que ellos quieren.
Pero no somos pelotudos. Podemos evitar esto, pensando. Pensemos críticamente, fundamentemos nuestras opiniones sin citar a Tinelli, Mirtha Legrand o Susana Giménez como si fueran Borges, Gandhi o Mandela. Pensemos, pero como pensamos cada uno de nosotros.
El sentido común es muchísimo más peligroso. Durkheim había advertido que la opinión pública solía ser más poderosa en la cristalización de la verdad que la misma ciencia. En otras palabras, lo que llamamos sentido común es la forma más sólida de aparición de lo que se considera verdadero. Pero nada más falso.
Su falsedad intrínseca no radica en el desprecio por la opinón del "vulgo" en tanto masa ignorante. Esa es una perspectiva de la aristocracia paternalista que considera a los pobres como absolutamente incapaces de pensar. Tampoco se halla en el hecho que las masas basan sus opiniones en los ánimos y no en la razón.
Precismente la opinión pública es tan peligrosa porque no es tan pública que digamos. No corresponde a lo que una sociedad cree, ni siquiera a lo que cierto sector cree, sino a lo que un grupo reducido piensa, y cómo no, de acuerdo a sus intereses. Nos quieren hacer creer, estos formadores de la opinión pública, que el sentido que ellos dan a las cosas es el sentido común, que lo que piensan ellos lo pensamos todos.
Los bautizados "formadores de opinión" no son tales, son silenciadores de otras opiniones que no sean los intereses de los grupos que representan. Lo que se escucha en la calle es lo que ellos inculcan a quienes están subsumidos en el entretenimiento o a los que, objetivamente, opinan después de ver el noticiero de la noche o "Gran Cuñado" ¡Pero ojo! ¡Un programa donde se parodia la política no es política! ¡Qué tendenciosos somos los que no podemos dejar de interpretar un programa de humor donde se exaltan los puntos negativos de un sector político y se promociona la candidatura de otro, como algo diferente a lo que es! ¡Sólo entretenimiento!
Los formadores de opinión son inculcadores de opinión o, en el mejor de los casos, son reproductores y legitimadores de las opiniones construidas por sectores dominantes.
Además, es muy frecuente que gente que acepta estas opiniones o que resulta beneficiada con ellas, las ensalce entronizándolas diciendo "es lo que piensa la mayoría", "lo que se escucha en la calle", "lo que cree la gente", obvimente sin otro fundamento que su propia sensación y sin una contrastación razonable con un análisis social ni, mucho menos, citando la fuente para tan certera afirmación.
El sentido común, en definitiva, está lejos de ser una opinión social sino que es una opinión hegemónica y apropiada por quienes, de "común" y ¨público" no tienen nada.
Así, la pelotudización queda servida. Somos pelotudizados porque, mientras nos entretienen con el circo, nos vacían la cabeza para después llenarla de lo que ellos quieren.
Pero no somos pelotudos. Podemos evitar esto, pensando. Pensemos críticamente, fundamentemos nuestras opiniones sin citar a Tinelli, Mirtha Legrand o Susana Giménez como si fueran Borges, Gandhi o Mandela. Pensemos, pero como pensamos cada uno de nosotros.
viernes, 31 de julio de 2009
Monseñor Aguer y las ideologías
Creo que el título es sugerente, da mucha tela para cortar y, para los que me han leído, basta para conocer mi perspectiva.
No quiero centrar esta entrada en el debate sobre la sexualidad o lo que tienen que leer o no nuestros pibes, no vale la pena confrontar con Aguer en esas cuestiones, ni con el sector de la Iglesia del que es eminente portavoz, menos aún con ciertos grupos del evangelismo que consideran pecado la homosexualidad y las relaciones prematrimoniales al punto de socavar las conciencias de sus creyentes a situaciones terriblemente angustiantes; Palau es un claro ejemplo: habría que preguntarle a este simio si Dios odia los preservativos tanto como las guerras de su amigo Bush. Estos sectores han apoyado dictaduras, genocidios, matanzas y gobiernos corruptos con la misma hipocresía que defienden "la voluntad de Dios"; seguramente no era lo que el judío que dicen seguir pregonaba. Pero en fin, este no es el punto. El punto es otro.
Entre los epítetos que este fariseo utilizó para denostar un proyecto de salud pública y demográfica se encuentran "ideológico" y "neomarxista" por mero citar... con evidentes connotaciones descalificadoras.
Los mismos enfoques que Monseñor tilda de ideológicos nos han eseñado que, precisamente, la ideología es una categoría que atravisa casi la totalidad de la experiencia humana, que ninguna relación puede prescindir de ideología, puesto que esta es el conjunto de ideas con las que una persona aborda el mundo, sistematizadas o no, incluso conscientes o no. Generalmente se concibe la ideología como proclive a los intereses particulares, de clase o de cualquier grupo y eso no está lejos de la verdad, aunque no son exclusivamente intereses económicos: el aspecto simbólico en la praxis ideológica es la piedra angular de las relaciones sociales. En resumen, es imposible para los hombres y las mujeres prescindir de sus ideas y su cosmovisión de mundo para vivir y vivir con otros y desde sus espacios de pertenencia, por lo que cualquier discurso que prescinda de las ideologías o intente denostarlas, es alta e ideológicamente contradictorio.
Además, debemos notar un punto curioso: cuando se habla de ideologías, se refiere exclusivamente a ideologías de izquierda "neomarxistas". La derecha no tiene ideología, tiene gestión, tiene defensa de la vida, tiene bien común en favor de los que trabajan, tiene fe, está en contra del "avance totalitario del Estado", promueve la libertad... Su discurso ideológico es presentado como discurso total, como sentido común, como paladín de la "tradición nacional y a los sentimientos cristianos de la mayoría de nuestro pueblo". Nada más falaz e hipócrita. Ellos tienen ideología, y desde esta ideología intentan silenciar otras... ¿Quién es más totalitario?
Esto no es otra cosas que la propuesta de pensar como ellos y nada más, todo el resto es "ideológico", por lo tanto "neomarxista". Además es hasta bizarro que hable de "una imposición dogmática constructivista...", cuando es su propio dogmatismo lo que le ha impedido comprender las teorías filosóficas, sociológicas, psicológicas, antropológicas que han desnudado las relaciones de opresión que, durante siglos, el poder que él mismo declara inexistente (y del que forma parte) ha ejercido omnipotente.
A pesar de que no es asunto de esta entrada quiero hacer una breve alusión a su concepción de sexualidad. "Realidad plenaria, bella y sagrada" es la sexualidad para Aguer. Y comparto. Pero la sacralidad de él es la negación del cuerpo, la sacralidad ascética. Moseñor no estaría de acuerdo con mi interpretación de sus palabras, pero el ascetismo que propone no solamente es entelequial sino que ni siquiera pude considerarse como el ideal moral, puesto que contradice la esencia misma del amor, que es la unión y la entrega mutua. Esto no promueve promiscuidad como podría alegar Monseñor, sino que pretende recobrar el cuerpo como sagrado, es decir, como realidad trascendente que se dona totalmente. La sacralidad que Monseñor busca es negación, la que humildemente propongo es entrega, como la Cruz.
Posiciones como la de Aguer son muy peligrosas, porque pretenden establecerse como discursos únicos a pesar de su "objeción de conciencia" puesto que, de poder, estos grupos legislarían ideológicamente, y no permitirían nuestras "objeciones de conciencia", como lo han hecho durante siglos.
Por último, Héctor, hermano, quiero decirte que me confieso marxista, y no considero una ofensa o agravio el epíteto con el que has llamado al material de análisis. Es más, te lo agradezco, porque me hizo saber muy bien que estoy en el lugar correcto.
No quiero centrar esta entrada en el debate sobre la sexualidad o lo que tienen que leer o no nuestros pibes, no vale la pena confrontar con Aguer en esas cuestiones, ni con el sector de la Iglesia del que es eminente portavoz, menos aún con ciertos grupos del evangelismo que consideran pecado la homosexualidad y las relaciones prematrimoniales al punto de socavar las conciencias de sus creyentes a situaciones terriblemente angustiantes; Palau es un claro ejemplo: habría que preguntarle a este simio si Dios odia los preservativos tanto como las guerras de su amigo Bush. Estos sectores han apoyado dictaduras, genocidios, matanzas y gobiernos corruptos con la misma hipocresía que defienden "la voluntad de Dios"; seguramente no era lo que el judío que dicen seguir pregonaba. Pero en fin, este no es el punto. El punto es otro.
Entre los epítetos que este fariseo utilizó para denostar un proyecto de salud pública y demográfica se encuentran "ideológico" y "neomarxista" por mero citar... con evidentes connotaciones descalificadoras.
Los mismos enfoques que Monseñor tilda de ideológicos nos han eseñado que, precisamente, la ideología es una categoría que atravisa casi la totalidad de la experiencia humana, que ninguna relación puede prescindir de ideología, puesto que esta es el conjunto de ideas con las que una persona aborda el mundo, sistematizadas o no, incluso conscientes o no. Generalmente se concibe la ideología como proclive a los intereses particulares, de clase o de cualquier grupo y eso no está lejos de la verdad, aunque no son exclusivamente intereses económicos: el aspecto simbólico en la praxis ideológica es la piedra angular de las relaciones sociales. En resumen, es imposible para los hombres y las mujeres prescindir de sus ideas y su cosmovisión de mundo para vivir y vivir con otros y desde sus espacios de pertenencia, por lo que cualquier discurso que prescinda de las ideologías o intente denostarlas, es alta e ideológicamente contradictorio.
Además, debemos notar un punto curioso: cuando se habla de ideologías, se refiere exclusivamente a ideologías de izquierda "neomarxistas". La derecha no tiene ideología, tiene gestión, tiene defensa de la vida, tiene bien común en favor de los que trabajan, tiene fe, está en contra del "avance totalitario del Estado", promueve la libertad... Su discurso ideológico es presentado como discurso total, como sentido común, como paladín de la "tradición nacional y a los sentimientos cristianos de la mayoría de nuestro pueblo". Nada más falaz e hipócrita. Ellos tienen ideología, y desde esta ideología intentan silenciar otras... ¿Quién es más totalitario?
Esto no es otra cosas que la propuesta de pensar como ellos y nada más, todo el resto es "ideológico", por lo tanto "neomarxista". Además es hasta bizarro que hable de "una imposición dogmática constructivista...", cuando es su propio dogmatismo lo que le ha impedido comprender las teorías filosóficas, sociológicas, psicológicas, antropológicas que han desnudado las relaciones de opresión que, durante siglos, el poder que él mismo declara inexistente (y del que forma parte) ha ejercido omnipotente.
A pesar de que no es asunto de esta entrada quiero hacer una breve alusión a su concepción de sexualidad. "Realidad plenaria, bella y sagrada" es la sexualidad para Aguer. Y comparto. Pero la sacralidad de él es la negación del cuerpo, la sacralidad ascética. Moseñor no estaría de acuerdo con mi interpretación de sus palabras, pero el ascetismo que propone no solamente es entelequial sino que ni siquiera pude considerarse como el ideal moral, puesto que contradice la esencia misma del amor, que es la unión y la entrega mutua. Esto no promueve promiscuidad como podría alegar Monseñor, sino que pretende recobrar el cuerpo como sagrado, es decir, como realidad trascendente que se dona totalmente. La sacralidad que Monseñor busca es negación, la que humildemente propongo es entrega, como la Cruz.
Posiciones como la de Aguer son muy peligrosas, porque pretenden establecerse como discursos únicos a pesar de su "objeción de conciencia" puesto que, de poder, estos grupos legislarían ideológicamente, y no permitirían nuestras "objeciones de conciencia", como lo han hecho durante siglos.
Por último, Héctor, hermano, quiero decirte que me confieso marxista, y no considero una ofensa o agravio el epíteto con el que has llamado al material de análisis. Es más, te lo agradezco, porque me hizo saber muy bien que estoy en el lugar correcto.
domingo, 5 de julio de 2009
Silencio
No es casual que escriba sobre el silencio después de escribir sobre la música. Créanme que no fue planificado, sino que surgió de una conversación que tuve con Marianela, a quien, simplemente, pedí que calláramos.
El silencio es parte de la música, parte constitutiva diría yo, a tal punto que el silencio podría definirse como la ausencia de ella.
Sin embargo, y como no me gusta definir por vía negativa, digo que el silencio es la reacción del hombre ante el absurdo, el canto que sólo es entendible cuando no comprendemos ninguna otra cosa.
No estamos acostumbrados a callar, por eso los silencios nos son tan ajenos, cuando son la puerta hacia nuestra interioridad. La reflexión, sólo es posible en el silencio, el autoconocimiento tiene como condición necesaria la madurez para mirarnos en el silencio. La soledad es, entonces, su compañera inseparable, el rugido del absurdo.
Callemos nosotros para que el mundo hable, para que los otros hablen, para que nuestro vivir se purifique de ruidos y se llene de música. El callar es fundamental para poder relacionarnos con otros, es estrictamente necesario para amar.
Nuestro mundo es ruidoso, bajémosle los decibeles a cero. Sin gritos, sin bocinas, escuchando los gorjeos de la naturaleza. Quedémonos en silencio con nosotros, con los otros.
Comúnmente, "hacer callar" o "quedarse callado" tiene connotaciones violentas, de violencia hacia otro o de violencia con uno mismo: la verdadera sabiduría consiste en callarse cuando es el silencio quien debe hablar.
El silencio es tan necesario porque nos permite escuchar lo más profundo que tenemos y los más extraño que tenemos: al otro.
El silencio es parte de la música, parte constitutiva diría yo, a tal punto que el silencio podría definirse como la ausencia de ella.
Sin embargo, y como no me gusta definir por vía negativa, digo que el silencio es la reacción del hombre ante el absurdo, el canto que sólo es entendible cuando no comprendemos ninguna otra cosa.
No estamos acostumbrados a callar, por eso los silencios nos son tan ajenos, cuando son la puerta hacia nuestra interioridad. La reflexión, sólo es posible en el silencio, el autoconocimiento tiene como condición necesaria la madurez para mirarnos en el silencio. La soledad es, entonces, su compañera inseparable, el rugido del absurdo.
Callemos nosotros para que el mundo hable, para que los otros hablen, para que nuestro vivir se purifique de ruidos y se llene de música. El callar es fundamental para poder relacionarnos con otros, es estrictamente necesario para amar.
Nuestro mundo es ruidoso, bajémosle los decibeles a cero. Sin gritos, sin bocinas, escuchando los gorjeos de la naturaleza. Quedémonos en silencio con nosotros, con los otros.
Comúnmente, "hacer callar" o "quedarse callado" tiene connotaciones violentas, de violencia hacia otro o de violencia con uno mismo: la verdadera sabiduría consiste en callarse cuando es el silencio quien debe hablar.
El silencio es tan necesario porque nos permite escuchar lo más profundo que tenemos y los más extraño que tenemos: al otro.
Música maestro...
Pocas cosas nos hacen salir de nosotros al mismo tiempo que nos conmueven, cuando somos todo y nada al mismo tiempo, somos el éxtasis que se propulsa hacia afuera, y somos la interioridad que se rejuvenece.
La música nos saca de nosotros y nos hace nosotros, nos obnubila y hace que contactemos con intensidad inusitada con nuestras emociones, con nuestros pensamientos.
La música es envolvente, flexible: todo lo que pasa por nuestro cuerpo puede expresarse con música, desde la más honda tristeza hasta el más estruendoso regocijo. Lo que creemos, lo que pensamos, lo que adoramos, lo que deleznamos, lo más profundo, lo más nimio.
La música es la máxima expresión, el lenguaje fundamental, mucho más perfecto que cualquier idioma, mucho más universal que cualquier lengua imperialista.
No necesita palabras para ser bella, prescinde de letras y de los rigores culturales del lenguaje y hasta de la idea.
Con música podemos dar cuenta de todas nuestras experiencias, y aún queda música para decir lo que no puede decirse de otra manera y con las limitaciones de los lenguajes, para trascendernos totalmente. Miren ésto cuán profundo, que ni siquiera la poesía puede compararse.
Precisamente, la música, al dar cuenta de toda la condición humana, es el más perfecto de los lenguajes, el lenguaje de lo inefable.
La música nos saca de nosotros y nos hace nosotros, nos obnubila y hace que contactemos con intensidad inusitada con nuestras emociones, con nuestros pensamientos.
La música es envolvente, flexible: todo lo que pasa por nuestro cuerpo puede expresarse con música, desde la más honda tristeza hasta el más estruendoso regocijo. Lo que creemos, lo que pensamos, lo que adoramos, lo que deleznamos, lo más profundo, lo más nimio.
La música es la máxima expresión, el lenguaje fundamental, mucho más perfecto que cualquier idioma, mucho más universal que cualquier lengua imperialista.
No necesita palabras para ser bella, prescinde de letras y de los rigores culturales del lenguaje y hasta de la idea.
Con música podemos dar cuenta de todas nuestras experiencias, y aún queda música para decir lo que no puede decirse de otra manera y con las limitaciones de los lenguajes, para trascendernos totalmente. Miren ésto cuán profundo, que ni siquiera la poesía puede compararse.
Precisamente, la música, al dar cuenta de toda la condición humana, es el más perfecto de los lenguajes, el lenguaje de lo inefable.
miércoles, 24 de junio de 2009
Falcon verde
Ahora que estamos a punto de ejercer el sublime acto democrático de renovar la elección de nuestros destinos, no dejo de pensar en los tiempos en que no podíamos hacerlo.
Considero tan sagrado y tan prístino el acto de elegir, que todo hombre que se arrogue la facultad de privar a otro de él, es merecedor de la peor de las reprobaciones. Mucho más condenables son aquellos que se creen superiores a la misma ley, que disponen de ella, que se permiten no sólo violarla sino pretenden reemplazarla por otra, cuya naturaleza es per se falaz e ilegítima.
La sucesión de golpes de Estado en la Argentina y el mundo, ha cometido estas monstruosidades. Estas bestias (no merecen ser llamados Hombres) se han arrogado la posesión de la Ley, la supremacía a la Constitución, con argumentos totalmente ideológicos y con medios totalmente violentos. En otras palabras, tomaron el poder con el sólo mérito de empuñar la espada.
De más está decir que de sus filas no hubo estadistas legítimos, mucho menos políticos caracterizados por otra cosa que su ignorancia, incompetencia, pedantería y por la militarización de las relaciones que es, por naturaleza, enemiga de la democracia.
He dicho que sus argumentos fueron ideológicos. Ellos renegarán siempre de las ideologías, dirán siempre que las combaten, desacreditarán la política. Tal silenciamiento pretende encubrir la persecución ideológica de la población: todo aquél cuyo pensamiento no era el de ellos (el pensamiento asesino de ellos) era tachado de terrorista. Y tachado también del mundo.
Esto es ideológico. Sólo ideológicamente se puede explicar la "guerra civil" que nefastamente plantean. Caen, nuevamente, en contradicción: si la "guerra" que entablan es contra la "amenaza marxista terrorista", es la ideología de la derecha quien debe enfrentarlos.
Otra razón del ocultamiento y la reafirmación del caracter ideológico de un Golpe que se ensalza por encima de la ley es la implementación de las políticas neoliberales que dictaban los intereses foráneos. Otra vez la contradicción entre su pregón de "refundar el país" y del "ser nacional" y sus prácticas económicas. Habría que avisarles que la industria y el trabajo que destruyeron eran también argentinos.
Pero lo central de esta entrada no es el posicionamiento supra legal de estos asesinos, es, principalmente, su posicionamiento supra vital. Ellos fueron amos y señores de la vida, dispusieron quien vivía o quien moría, dieron cauce a las expresiones más nefastas del autoritarismo de la clase media y alta en la Argentina con expresiones como "algo habrán hecho" o " a mí no me pasó nada." Para los cínicos que predican estas afirmaciones sólo queda lo mismo que para los genocidas. Absolutamente nadie tiene el poder de matar. Ni siquiera el Estado. Y muchísimo menos el terrorismo del Estado usurpado.
La Ley, que debe proteger a la Vida, había sido también mutilada. El genocidio hecho, sobre todo, durante la última dictadura militar, es triplemente atroz: ha privado al hombre de su libertad de pensar y de ser, ha violentado a la ley y se ha proclamado impune a sus juicios, situándola a sus pies y actuando según su propia voluntad absoluta; y, por último y más gravemente aún, se ha situado por encima de la vida de los hombres y las mujeres, lo que conlleva la más nefasta de las atrocidades que el ser humano puede cometer.
Que esta democracia que estamos celebrando, sea capaz que caerles con todo el rigor de la Ley que han afrentado y de la que se han sentido dueños en el pasado.
Que los falcon verdes sean, de una vez por todas, reducidos a chatarra.
Considero tan sagrado y tan prístino el acto de elegir, que todo hombre que se arrogue la facultad de privar a otro de él, es merecedor de la peor de las reprobaciones. Mucho más condenables son aquellos que se creen superiores a la misma ley, que disponen de ella, que se permiten no sólo violarla sino pretenden reemplazarla por otra, cuya naturaleza es per se falaz e ilegítima.
La sucesión de golpes de Estado en la Argentina y el mundo, ha cometido estas monstruosidades. Estas bestias (no merecen ser llamados Hombres) se han arrogado la posesión de la Ley, la supremacía a la Constitución, con argumentos totalmente ideológicos y con medios totalmente violentos. En otras palabras, tomaron el poder con el sólo mérito de empuñar la espada.
De más está decir que de sus filas no hubo estadistas legítimos, mucho menos políticos caracterizados por otra cosa que su ignorancia, incompetencia, pedantería y por la militarización de las relaciones que es, por naturaleza, enemiga de la democracia.
He dicho que sus argumentos fueron ideológicos. Ellos renegarán siempre de las ideologías, dirán siempre que las combaten, desacreditarán la política. Tal silenciamiento pretende encubrir la persecución ideológica de la población: todo aquél cuyo pensamiento no era el de ellos (el pensamiento asesino de ellos) era tachado de terrorista. Y tachado también del mundo.
Esto es ideológico. Sólo ideológicamente se puede explicar la "guerra civil" que nefastamente plantean. Caen, nuevamente, en contradicción: si la "guerra" que entablan es contra la "amenaza marxista terrorista", es la ideología de la derecha quien debe enfrentarlos.
Otra razón del ocultamiento y la reafirmación del caracter ideológico de un Golpe que se ensalza por encima de la ley es la implementación de las políticas neoliberales que dictaban los intereses foráneos. Otra vez la contradicción entre su pregón de "refundar el país" y del "ser nacional" y sus prácticas económicas. Habría que avisarles que la industria y el trabajo que destruyeron eran también argentinos.
Pero lo central de esta entrada no es el posicionamiento supra legal de estos asesinos, es, principalmente, su posicionamiento supra vital. Ellos fueron amos y señores de la vida, dispusieron quien vivía o quien moría, dieron cauce a las expresiones más nefastas del autoritarismo de la clase media y alta en la Argentina con expresiones como "algo habrán hecho" o " a mí no me pasó nada." Para los cínicos que predican estas afirmaciones sólo queda lo mismo que para los genocidas. Absolutamente nadie tiene el poder de matar. Ni siquiera el Estado. Y muchísimo menos el terrorismo del Estado usurpado.
La Ley, que debe proteger a la Vida, había sido también mutilada. El genocidio hecho, sobre todo, durante la última dictadura militar, es triplemente atroz: ha privado al hombre de su libertad de pensar y de ser, ha violentado a la ley y se ha proclamado impune a sus juicios, situándola a sus pies y actuando según su propia voluntad absoluta; y, por último y más gravemente aún, se ha situado por encima de la vida de los hombres y las mujeres, lo que conlleva la más nefasta de las atrocidades que el ser humano puede cometer.
Que esta democracia que estamos celebrando, sea capaz que caerles con todo el rigor de la Ley que han afrentado y de la que se han sentido dueños en el pasado.
Que los falcon verdes sean, de una vez por todas, reducidos a chatarra.
miércoles, 17 de junio de 2009
Gripe de cerdos
Hemos sido víctimas de un engaño más. Nos han tomado el pelo nuevamente. Los medios de comunicación, patrimonio de las corporaciones empresarias han instaurado, por enésima oacasión, un tema en la conciencia general que nos ha atemorizado y nos ha llevado al límite de la paranoia.
La gripe porcina ha sido declarada por la OMS, pandemia mundial. Los noticieros y periódicos abonan esta advertencia con la sucesión de casos positivos... y de muertes. Hemos suspendido vuelos, y clases.
Esta enfermedad se ha llevado, lastimosamente, la vida de unas 250 personas en América.
Pero hay dos puntos de análisis en este problema.
El primero es que es una enfermedad tan letal como un dolor de cabeza. Sí, querido compañero, la gripe común y corriente, esa que enfrentamos cada invierno, esa que los remedios de la abuela han combatido desde siempre, es más peligrosa, más mortífera y mata más seres humanos por año que esta "nueva pandemia".
La malaria provoca millones de muertes cuando puede remediarse con mosquiteros, miles de enfermedades simples pueden curarse con centavos. Más letales y más baratas. Pero "la comunidad internacional" no parece percatarse. Los medios de comunicación no nos informan de esto y, sin embargo, llenan espacios (y cabezas) con la emergencia sanitaria provocada por la gripe A. ¿Si es tan grave por qué no se autorizan a vender medicamentos genéricos? Simplemente porque detrás de esta gripe está el negocio de las multinacionales farmacéuticas como Roche y Relenza. Esta emergencia mundial se transforma así en emergencia de ganancias.
El segundo punto también tiene que ver una enfermedad, la peor de todas: la pobreza. La pobreza mata millones de hermanos en todo el planeta, genera otras enfermedades como las nombradas, aniquila conciencias, cercena libertadas, degrada y destruye en vida una infinitud de personas.
Y los medios de comunicación capitalistas no hablan de la pobreza, de los muertos, del capitalismo. Son los capitalistas los que acumulan para sí, son aquellos que, en nombre de su derecho a la renta y de la naturalidad de su actividad lucrativa, no sólo vacían los países pobres sino que impiden revertir una situación que les quite la hegemonía y las ganancias.
Nuevamente, el afán de lucro mata. Nuevamente especula con la Vida, especula con el miedo, especula con nosotros, los súbditos del capital, a quienes han lavado la cabeza con palabras como progreso, eficiencia, organización, riqueza, éxito.
No sólo buscan renta con nuestras vidas, también deciden quien vive o quien muere.
Agradezco esta entrada a Nati, alias la Comandanta Ramona, cuyo mail motivó esta reflexión. También a mis compañeras Anita y Lorena, con quienes terminé de definir la línea argumental de esta entrada.
La gripe porcina ha sido declarada por la OMS, pandemia mundial. Los noticieros y periódicos abonan esta advertencia con la sucesión de casos positivos... y de muertes. Hemos suspendido vuelos, y clases.
Esta enfermedad se ha llevado, lastimosamente, la vida de unas 250 personas en América.
Pero hay dos puntos de análisis en este problema.
El primero es que es una enfermedad tan letal como un dolor de cabeza. Sí, querido compañero, la gripe común y corriente, esa que enfrentamos cada invierno, esa que los remedios de la abuela han combatido desde siempre, es más peligrosa, más mortífera y mata más seres humanos por año que esta "nueva pandemia".
La malaria provoca millones de muertes cuando puede remediarse con mosquiteros, miles de enfermedades simples pueden curarse con centavos. Más letales y más baratas. Pero "la comunidad internacional" no parece percatarse. Los medios de comunicación no nos informan de esto y, sin embargo, llenan espacios (y cabezas) con la emergencia sanitaria provocada por la gripe A. ¿Si es tan grave por qué no se autorizan a vender medicamentos genéricos? Simplemente porque detrás de esta gripe está el negocio de las multinacionales farmacéuticas como Roche y Relenza. Esta emergencia mundial se transforma así en emergencia de ganancias.
El segundo punto también tiene que ver una enfermedad, la peor de todas: la pobreza. La pobreza mata millones de hermanos en todo el planeta, genera otras enfermedades como las nombradas, aniquila conciencias, cercena libertadas, degrada y destruye en vida una infinitud de personas.
Y los medios de comunicación capitalistas no hablan de la pobreza, de los muertos, del capitalismo. Son los capitalistas los que acumulan para sí, son aquellos que, en nombre de su derecho a la renta y de la naturalidad de su actividad lucrativa, no sólo vacían los países pobres sino que impiden revertir una situación que les quite la hegemonía y las ganancias.
Nuevamente, el afán de lucro mata. Nuevamente especula con la Vida, especula con el miedo, especula con nosotros, los súbditos del capital, a quienes han lavado la cabeza con palabras como progreso, eficiencia, organización, riqueza, éxito.
No sólo buscan renta con nuestras vidas, también deciden quien vive o quien muere.
Agradezco esta entrada a Nati, alias la Comandanta Ramona, cuyo mail motivó esta reflexión. También a mis compañeras Anita y Lorena, con quienes terminé de definir la línea argumental de esta entrada.
martes, 2 de junio de 2009
De Narváez y el marketing político
La política está banalizada. Los ciudadanos estamos relegados a aceptar o no lo que se nos ofrece, nunca podemos ofrecer o, en el peor de los casos, conocer lo que nos es ofrecido.
Pero el colmo de la banalización de la política es la reducción de la campaña proselitista de ideas y debate a una mera estrategia de marketing, donde el candidato se ofrece como una imagen que se compra, un producto que se abona con sufragios.
De Narváez es el caso paradigmático. Él, como candidato, no tiene una sóla propuesta propia, sino que ha tratado de posicionarse mediante publicidad en la opinión pública. Quiere representar las demandas de la población sin propuestas, con sólo posicionar su imagen en todos los medios posibles, de hecho, se posiciona como el candidato de las propuestas. Cuando propone algo (que, en realidad, emana de su equipo de publicistas) no es más que la demagógica intención de identificarse con los anhelos de la población; pero nunca diciendo cómo, mucho menos desde qué marco de ideas lo hará. Incluso confunde sus propuestas con las del ¡Partido Obrero! que se encuentra en las antípodas de su cosmovisión política.
De Narváez no es un candidato, es un producto. La política está siendo reducida, nuevamente, a objeto de consumo, a un bien comercializable. Esto es congruente con las ideas de este señor y su socio Macri, que, obviamente, deben ser ocultadas mediante la publicidad y la demagogia, puesto que esconden el endiosamiento de la oferta y la demanda, los intereses empresarios (ellos mismos lo son) y la mano dura propia de gobiernos dictatoriales y de las clases dominantes que quieren protegerse de los "negros" y criminalizar la pobreza que ellos mismos generaron.
Todo esto está oculto por el marketing político, que se presenta como herramienta transparente y desinteresada. Y precisamente es todo interés: quiere escindir las ideas de las campañas, no sólo para encubrir las atrocidades que piensan sino para disimular la inconsistencia que surge al presentarse como solución a las demandas tan antagónicas y contradictorias que manan de las diversas clases sociales.
El principal peligro de este candidato-producto es el triunfo de la oquedad de la propuesta política, su banalización en otro objeto de consumo y la consolidación del marketing como única forma de éxito electoral.
Esto es lo mismo que someter la Democracia y la administración pública a las garras de los intereses corporativos y a la ley de la oferta y la demanda.
Pero el colmo de la banalización de la política es la reducción de la campaña proselitista de ideas y debate a una mera estrategia de marketing, donde el candidato se ofrece como una imagen que se compra, un producto que se abona con sufragios.
De Narváez es el caso paradigmático. Él, como candidato, no tiene una sóla propuesta propia, sino que ha tratado de posicionarse mediante publicidad en la opinión pública. Quiere representar las demandas de la población sin propuestas, con sólo posicionar su imagen en todos los medios posibles, de hecho, se posiciona como el candidato de las propuestas. Cuando propone algo (que, en realidad, emana de su equipo de publicistas) no es más que la demagógica intención de identificarse con los anhelos de la población; pero nunca diciendo cómo, mucho menos desde qué marco de ideas lo hará. Incluso confunde sus propuestas con las del ¡Partido Obrero! que se encuentra en las antípodas de su cosmovisión política.
De Narváez no es un candidato, es un producto. La política está siendo reducida, nuevamente, a objeto de consumo, a un bien comercializable. Esto es congruente con las ideas de este señor y su socio Macri, que, obviamente, deben ser ocultadas mediante la publicidad y la demagogia, puesto que esconden el endiosamiento de la oferta y la demanda, los intereses empresarios (ellos mismos lo son) y la mano dura propia de gobiernos dictatoriales y de las clases dominantes que quieren protegerse de los "negros" y criminalizar la pobreza que ellos mismos generaron.
Todo esto está oculto por el marketing político, que se presenta como herramienta transparente y desinteresada. Y precisamente es todo interés: quiere escindir las ideas de las campañas, no sólo para encubrir las atrocidades que piensan sino para disimular la inconsistencia que surge al presentarse como solución a las demandas tan antagónicas y contradictorias que manan de las diversas clases sociales.
El principal peligro de este candidato-producto es el triunfo de la oquedad de la propuesta política, su banalización en otro objeto de consumo y la consolidación del marketing como única forma de éxito electoral.
Esto es lo mismo que someter la Democracia y la administración pública a las garras de los intereses corporativos y a la ley de la oferta y la demanda.
miércoles, 20 de mayo de 2009
Democracia y Contradicción
He escrito que la vida es contradictoria. También que amo profundamente la democracia. Y es precisamente la congruencia de estas dos categorías en las que deben fundarse las relaciones, tanto en los ámbitos más populares como en el terreno político, donde no suelen considerarse las otras opiniones y se someten las decisiones a intereses económicos: el caso de los grupos sojeros es ilustrativo; piden lo mismo que rechazaron antaño, lo que demuestra que no hay ideas sino intereses.
Es precisamente la contradicción lo que genera el diálogo, es toda antítesis lo que genera las síntesis superadoras. Es el diálogo y el consenso lo que deben resolver las disputas sociales y políticas, no es la demostración de fuerzas o las fantasías megalómanas de la oposición en la Argentina. La contradicción es al debate como las ideas a los hombres, constitutivo. Pero para que la contradicción sea síntesis se requiere de la democracia y de las instituciones, sin ella, caerá en un estado anárquico, dada las egolatrías y ambiciones de poder.
La democracia no es la dictadura de la mayoría. No es la voluntad de la mayoría. Eso es una democracia tirana, dominante, excluyente, convertida en oligarquía. La democracia es el consenso, la aceptación del otro. Para ello requerimos el ejercicio de la autoriadad como servicio público y no como victoria política y de la oposición como construcción y no como intransigencia despótica.
La contradicción es fundamental de la Vida, y para que ella sea políticamente enriquecedora y no tirana, necesitamos de la democracia de base, elevada a sus instituciones.
Es precisamente la contradicción lo que genera el diálogo, es toda antítesis lo que genera las síntesis superadoras. Es el diálogo y el consenso lo que deben resolver las disputas sociales y políticas, no es la demostración de fuerzas o las fantasías megalómanas de la oposición en la Argentina. La contradicción es al debate como las ideas a los hombres, constitutivo. Pero para que la contradicción sea síntesis se requiere de la democracia y de las instituciones, sin ella, caerá en un estado anárquico, dada las egolatrías y ambiciones de poder.
La democracia no es la dictadura de la mayoría. No es la voluntad de la mayoría. Eso es una democracia tirana, dominante, excluyente, convertida en oligarquía. La democracia es el consenso, la aceptación del otro. Para ello requerimos el ejercicio de la autoriadad como servicio público y no como victoria política y de la oposición como construcción y no como intransigencia despótica.
La contradicción es fundamental de la Vida, y para que ella sea políticamente enriquecedora y no tirana, necesitamos de la democracia de base, elevada a sus instituciones.
miércoles, 29 de abril de 2009
Contradicción
En filosofía, más particularmente en la lógica, tenemos un principio, llamado de no contradicción, que dice que una afirmación no puede ser verdadera o falsa al mismo tiempo. No hay que ser muy filósofo para pensar eso.
Pero permítanme subrayar el hecho de que son las afirmaciones las que pueden contradecirse, lo que no es un dato menor.
Gracias a este principio, los hombres y las mujeres hemos construido edificios conceptuales faraónicos, hemos redactado constituciones y tratados, promulgado conferencias y aumentado nuestro conocimiento del mundo. Todo es verdad. Pero el hombre no es sólo afirmación, mucho menos afirmación conceptual.
Somos eminentemente contradictorios, la inmesa mayoría de nuestra condición humana rebasa el plano de la lógica. No es que sea "ilógico", sino que los principios de esta disciplina formal, rectora de todo conocimiento, no son aplicables a la vida, que es contradictoria, escapa a la especulación y la coherencia.
La multiplicidad de sensaciones, la experiencia de vida, el amor... son algunos de los ingredientes de la vida que permiten la convivencia de los contrarios, la existencia de ambivalencias, la intensidad misma de ser y no ser, al mismo tiempo.
El hombre es un ser llamado a la contradicción, lo que no invalida su racionalidad. Lo que intento remarcar es la posibilidad de ensalzar nuestro vivir, nuestra capacidad de hacer, de reinventarnos, de volver a hacernos, a pensarnos, a sentirnos, a vernos en los demás, a que los otros nos ayuden a reconstruirnos. La creación más propiamente humana, escapa a la racionalidad sui generis, no advierte de principios lógicos.
La comprensión mutua, la empatía, esencial en toda relación humana, tiene la particularidad de que excede los ámbitos de la lógica y se traslada a un conocimiento superior, íntegro del otro.
La mayor empatía es el amor, y cuando de amor se trata, el vínculo con el otro trasciende incluso todo plano de consideración racional y emocional. Miren, entonces, cuán contradictorio puede ser el amor.
Pero permítanme subrayar el hecho de que son las afirmaciones las que pueden contradecirse, lo que no es un dato menor.
Gracias a este principio, los hombres y las mujeres hemos construido edificios conceptuales faraónicos, hemos redactado constituciones y tratados, promulgado conferencias y aumentado nuestro conocimiento del mundo. Todo es verdad. Pero el hombre no es sólo afirmación, mucho menos afirmación conceptual.
Somos eminentemente contradictorios, la inmesa mayoría de nuestra condición humana rebasa el plano de la lógica. No es que sea "ilógico", sino que los principios de esta disciplina formal, rectora de todo conocimiento, no son aplicables a la vida, que es contradictoria, escapa a la especulación y la coherencia.
La multiplicidad de sensaciones, la experiencia de vida, el amor... son algunos de los ingredientes de la vida que permiten la convivencia de los contrarios, la existencia de ambivalencias, la intensidad misma de ser y no ser, al mismo tiempo.
El hombre es un ser llamado a la contradicción, lo que no invalida su racionalidad. Lo que intento remarcar es la posibilidad de ensalzar nuestro vivir, nuestra capacidad de hacer, de reinventarnos, de volver a hacernos, a pensarnos, a sentirnos, a vernos en los demás, a que los otros nos ayuden a reconstruirnos. La creación más propiamente humana, escapa a la racionalidad sui generis, no advierte de principios lógicos.
La comprensión mutua, la empatía, esencial en toda relación humana, tiene la particularidad de que excede los ámbitos de la lógica y se traslada a un conocimiento superior, íntegro del otro.
La mayor empatía es el amor, y cuando de amor se trata, el vínculo con el otro trasciende incluso todo plano de consideración racional y emocional. Miren, entonces, cuán contradictorio puede ser el amor.
sábado, 14 de marzo de 2009
Democracia
Tengo 25 años. He vivido toda mi vida en Democracia. Sé muy bien que es un tema trillado, que hoy todo el mundo parece defenderla cuando, en realidad, la vapulean sin piedad.
Las formas de gobierno democráticas se diferencian de las tiranas, ante todo, en el respeto a la libertad. Digamos que la democracia es la legalidad de la libertad, es el ejercicio de la igualdad de derecho.
Como saben, dicha igualdad de derecho suele menguarse con la injusticia de hecho: la injusticia de la pobreza, la injusticia que la tiranía del Mercado lleva a los estómagos y a las cabezas, la injusticia de la imposibilidad de trasladar el espíritu democrático a las relaciones sociales.
La Democracia no debe permitir la injusticia del capitalismo y del neoliberalismo, y mientras exista esta inequidad intrínseca, nuestro sistema no podrá desarrollarse en plenitud.
Después de esto, es fácil deducir que el problema no está en la democracia, sino en las doctrinas económicas que nos oprimen. Las soluciones a estos sistemas han sacrificado a la democracia, han matado el perro para curar la rabia. ¡No! No se puede gobernar tiranamente en nombre de la justicia.
Para matar esa rabia no hace falta más que más Democracia: democratizar nuestras relaciones, que no es otra cosa que dejar de someterlas al intercambio, a la utilidad y, sobre todo, a la intolerancia. El primero de estos vicios de las relaciones humanas tiene que ver, nuevamente (y pidiendo perdón por la insistencia) con la idelogía de mercado y su dogma de comercialización de la vida, la Vida toda; obviamente incluyendo la política y el amor.
El segundo de estos vicios tiene que ver con el utilitarismo, concepción que he criticado en muchas ocasiones y cuya reducción falaz y monstruosa de las personas a cosas manipulables y a instrumentos de uso (que casualmente se comercializan); hace imposible la convivencia de iguales.
El tercero es el, a priori, más antidemocrático: la intolerancia esconde xenofobia, egoísmo, desprecio por la vida humana. Creo que deberé ahondar sobre esto más adelante, pero me quedo con algo: la intolerancia es nuestro fascismo a menor escala; los gobiernos autoritarios se apoyan en bases autoritarias. Los gobiernos democráticos deben apoyarse en sociedades democráticas.
Construyamos la democracia todos los días, desde abajo, haciendo política. Democraticémonos.
Las formas de gobierno democráticas se diferencian de las tiranas, ante todo, en el respeto a la libertad. Digamos que la democracia es la legalidad de la libertad, es el ejercicio de la igualdad de derecho.
Como saben, dicha igualdad de derecho suele menguarse con la injusticia de hecho: la injusticia de la pobreza, la injusticia que la tiranía del Mercado lleva a los estómagos y a las cabezas, la injusticia de la imposibilidad de trasladar el espíritu democrático a las relaciones sociales.
La Democracia no debe permitir la injusticia del capitalismo y del neoliberalismo, y mientras exista esta inequidad intrínseca, nuestro sistema no podrá desarrollarse en plenitud.
Después de esto, es fácil deducir que el problema no está en la democracia, sino en las doctrinas económicas que nos oprimen. Las soluciones a estos sistemas han sacrificado a la democracia, han matado el perro para curar la rabia. ¡No! No se puede gobernar tiranamente en nombre de la justicia.
Para matar esa rabia no hace falta más que más Democracia: democratizar nuestras relaciones, que no es otra cosa que dejar de someterlas al intercambio, a la utilidad y, sobre todo, a la intolerancia. El primero de estos vicios de las relaciones humanas tiene que ver, nuevamente (y pidiendo perdón por la insistencia) con la idelogía de mercado y su dogma de comercialización de la vida, la Vida toda; obviamente incluyendo la política y el amor.
El segundo de estos vicios tiene que ver con el utilitarismo, concepción que he criticado en muchas ocasiones y cuya reducción falaz y monstruosa de las personas a cosas manipulables y a instrumentos de uso (que casualmente se comercializan); hace imposible la convivencia de iguales.
El tercero es el, a priori, más antidemocrático: la intolerancia esconde xenofobia, egoísmo, desprecio por la vida humana. Creo que deberé ahondar sobre esto más adelante, pero me quedo con algo: la intolerancia es nuestro fascismo a menor escala; los gobiernos autoritarios se apoyan en bases autoritarias. Los gobiernos democráticos deben apoyarse en sociedades democráticas.
Construyamos la democracia todos los días, desde abajo, haciendo política. Democraticémonos.
martes, 10 de febrero de 2009
Rodolfo Walsh y la caja de Pandora
Si alguien quiere leer un compedio de dignidad, heroísmo e inteligencia, lea la Carta Abierta a la Junta Militar que el veinticuatro de marzo de 1977, exactamente un año después del día más triste de la historia de nuestra Argentina, Rodolfo Walsh (para quien no me alcanzan los epítetos de admiración) dirige a aquellos usurpadores ilegítimos del poder popular, que habían violado y ultrajado la Constitución de la Nación.
Además de recomendar su lectura urgente, transcribiré sólamente el fragmento que me motivó a pensar en esta entrada:
"...aún si mataran al último guerrillero, no haría más que empezar bajo nuevas formas, porque las causas que hace más de veinte años mueven la resistencia del pueblo argentino no estarán desaparecidas sino agravadas por el recuerdo del estrago causado y la revelación de las atrocidades cometidas (...)"
Walsh tenía una fe ciega en el levantamiento del Pueblo, en la Resistencia. Hemos tenido magnánimos ejemplos encarnados de esa fe, pero no valdría de nada citarlos sin la exhortación de no claudicar en esa lucha constante contra aquellos que destrozaron el país y masacraron una generación no sólo con represión militar, sino sometiendo al Pueblo al hambre, siendo los " apátridas... mercenarios sometidos a los intereses foráneos" y contra aquellos que hoy enarbolan su funesta bandera.
Los militares necesitaban un pueblo ignorante y pobre pero, sobre todo, un pueblo desesperanzado. ¡Porque la esperanza es el alimento y origen de la lucha, de la Resistencia!
Walsh, en nuestra cita, espera. La espera lo inunda y lo consuela. Así, como la caja de Pandora, que, una vez abierta, liberó todos los males del mundo, dejando en el fondo sólo la esperanza; así Rodolfo denuncia los males de estos tiranos y deja en lo profundo del Pueblo la exhortación y la misión de la Esperanza, hecha Revolución.
Además de recomendar su lectura urgente, transcribiré sólamente el fragmento que me motivó a pensar en esta entrada:
"...aún si mataran al último guerrillero, no haría más que empezar bajo nuevas formas, porque las causas que hace más de veinte años mueven la resistencia del pueblo argentino no estarán desaparecidas sino agravadas por el recuerdo del estrago causado y la revelación de las atrocidades cometidas (...)"
Walsh tenía una fe ciega en el levantamiento del Pueblo, en la Resistencia. Hemos tenido magnánimos ejemplos encarnados de esa fe, pero no valdría de nada citarlos sin la exhortación de no claudicar en esa lucha constante contra aquellos que destrozaron el país y masacraron una generación no sólo con represión militar, sino sometiendo al Pueblo al hambre, siendo los " apátridas... mercenarios sometidos a los intereses foráneos" y contra aquellos que hoy enarbolan su funesta bandera.
Los militares necesitaban un pueblo ignorante y pobre pero, sobre todo, un pueblo desesperanzado. ¡Porque la esperanza es el alimento y origen de la lucha, de la Resistencia!
Walsh, en nuestra cita, espera. La espera lo inunda y lo consuela. Así, como la caja de Pandora, que, una vez abierta, liberó todos los males del mundo, dejando en el fondo sólo la esperanza; así Rodolfo denuncia los males de estos tiranos y deja en lo profundo del Pueblo la exhortación y la misión de la Esperanza, hecha Revolución.
lunes, 9 de febrero de 2009
Litterae non panem dant
Las letras no dan pan. La literatura no sirve para nada. Como creían Bioy y Borges y muchos, la literatura es inútil, salvo para el regocijo. Yo he leído; no tanto como quisiera, aunque si así fuera me volvería loco (qué locura más dulce).
Si la literatura no se disfruta, no se siente, no es agradable, no vale la pena leer. Pobres los eruditos, matan la vida con el análisis. Quizás por eso nunca estudié Letras.
Volvamos a la inutilidad; gracias a cierta corriente ética (el utilitarismo inglés) se nos ha instalado la monstruosa inquisición "¿y esto para qué sirve?" Todo tiene que tener un fin, una razón de ser instrumental; esto no puede ser otra cosa que el instinto de dominación en su germen. Y esto es parte del sentido común dominante, otra de las horribles causas (¿o consecuencias? ¿o ambas?) del capitalismo.
La gratuidad de la creación literaria, de la mera lectura esparcitiva hace que la literatura sea uno de los últimos baluartes de la humanidad pacífica, sana, tolerante, alejada del marketing de las editoriales y de los best sellers que se producen en masa.
Permitámonos leer por el hecho mismo que nos gusta. Permitámonos hacer aquellas cosas que no sirven para nada, para nada según los que intentan manipular, generar réditos, dominar.
La literatura es bastión de la fantasía, de nuestros niños interiores que gritan de hambre de libertad.
Como decía Cortázar, ya no me acuerdo en qué circunstancia: "los libros me hicieron pensar, y el pensamiento me hizo libre."
Si de libertad, pensamiento y fantasía se trata, veo justificada su inclusión en este blog. He aquí mi orgasmo literario.
Si la literatura no se disfruta, no se siente, no es agradable, no vale la pena leer. Pobres los eruditos, matan la vida con el análisis. Quizás por eso nunca estudié Letras.
Volvamos a la inutilidad; gracias a cierta corriente ética (el utilitarismo inglés) se nos ha instalado la monstruosa inquisición "¿y esto para qué sirve?" Todo tiene que tener un fin, una razón de ser instrumental; esto no puede ser otra cosa que el instinto de dominación en su germen. Y esto es parte del sentido común dominante, otra de las horribles causas (¿o consecuencias? ¿o ambas?) del capitalismo.
La gratuidad de la creación literaria, de la mera lectura esparcitiva hace que la literatura sea uno de los últimos baluartes de la humanidad pacífica, sana, tolerante, alejada del marketing de las editoriales y de los best sellers que se producen en masa.
Permitámonos leer por el hecho mismo que nos gusta. Permitámonos hacer aquellas cosas que no sirven para nada, para nada según los que intentan manipular, generar réditos, dominar.
La literatura es bastión de la fantasía, de nuestros niños interiores que gritan de hambre de libertad.
Como decía Cortázar, ya no me acuerdo en qué circunstancia: "los libros me hicieron pensar, y el pensamiento me hizo libre."
Si de libertad, pensamiento y fantasía se trata, veo justificada su inclusión en este blog. He aquí mi orgasmo literario.
martes, 20 de enero de 2009
Filosofía y Poesía
María Zambrano escribió un libro homónimo de esta entrada; como es de preveerse, se encontrarán sus influjos acá. Mi admiración a tal obra me ha llevado a tomar sus ideas, espero no superar el límite del plagio.
El poeta es el que se apodera de las cosas, de las sensaciones. Observa el mundo con las plantas en la tierra, se queda en cada color, textura, sonido, aroma, sabor... Busca la peculiaridad, lo irrepetible en cada cosa, no existen categorías, esencias, nada salvo la cosa que se le presenta y lo sume en la experiencia. Es, precisamente, la experiencia de las cosas lo que caracteriza al poeta. El poeta recuerda cada cosa, quizás el mejor poeta sea Funes, el personaje de Borges.
Funes no podía olvidar el movimiento de las hojas, la posición de las nubes, la distribución exacta de cada grano de arena, en cada segundo, en cada desierto. El poeta es el paladín de la individualidad (que no es individualismo) y el receptor del mundo: encuentra el milagro en cada cosa, en lo pequeño; transforma lo trivial en fundamental.
El filósofo busca la síntesis, ante todo lo común en las cosas: su origen y su destino; se esfuerza por separarse del mundo sin salir de él. La filosofía se adentra en lo profundo, no se queda en lo superficial, en lo sensible. Busca el por qué, el sentido de lo que se encuentra del mundo. También es un enamorado de lo que percibe, pero en lugar de contemplarlo sin más, lo observa minuciosamente, lo analiza y comunica su beldad. Arcaica comparación, pero el filósofo es el árbol, cuyas raíces y ramas se adentran en lo profundo y tocan el cielo: lo más hondo y lo más elevado, quizás el cielo y el infierno de las cosas.
Los dos comunican: el uno desde el lirismo de la contemplación y la exhuberancia del mundo con las formas que su estirpe ha elaborado con los siglos o con el simple fluir de su percepción y su sensación, el del adjetivo; el otro es el de la pluma ágil, filosa, deconstructiva y constructiva, el de la palabra exacta, la mirada aguda, el del sustantivo.
Los dos son el verbo humano, y sobre todo el verbo crear. Son los creadores por naturaleza: el poeta hace el mundo que el filósofo piensa; el filósofo concibe el mundo que el poeta canta...
He sido ambos. Encuentro en mí, alternados (y curiosamente nunca juntos), al poeta y al filósofo.
Comúnmente se los banaliza en romanticismo y en pedantería, en trivialidad y en sensibilidad absurda. La imagen del poeta es la del romanticón iluso; la del filósofo, la del volátil cuyos pies distan de la superficie terrestre tanto como su cabeza de la realidad.
Poetas y filósofos son especies en extinción... Cuando son tan necesarios...
El poeta es el que se apodera de las cosas, de las sensaciones. Observa el mundo con las plantas en la tierra, se queda en cada color, textura, sonido, aroma, sabor... Busca la peculiaridad, lo irrepetible en cada cosa, no existen categorías, esencias, nada salvo la cosa que se le presenta y lo sume en la experiencia. Es, precisamente, la experiencia de las cosas lo que caracteriza al poeta. El poeta recuerda cada cosa, quizás el mejor poeta sea Funes, el personaje de Borges.
Funes no podía olvidar el movimiento de las hojas, la posición de las nubes, la distribución exacta de cada grano de arena, en cada segundo, en cada desierto. El poeta es el paladín de la individualidad (que no es individualismo) y el receptor del mundo: encuentra el milagro en cada cosa, en lo pequeño; transforma lo trivial en fundamental.
El filósofo busca la síntesis, ante todo lo común en las cosas: su origen y su destino; se esfuerza por separarse del mundo sin salir de él. La filosofía se adentra en lo profundo, no se queda en lo superficial, en lo sensible. Busca el por qué, el sentido de lo que se encuentra del mundo. También es un enamorado de lo que percibe, pero en lugar de contemplarlo sin más, lo observa minuciosamente, lo analiza y comunica su beldad. Arcaica comparación, pero el filósofo es el árbol, cuyas raíces y ramas se adentran en lo profundo y tocan el cielo: lo más hondo y lo más elevado, quizás el cielo y el infierno de las cosas.
Los dos comunican: el uno desde el lirismo de la contemplación y la exhuberancia del mundo con las formas que su estirpe ha elaborado con los siglos o con el simple fluir de su percepción y su sensación, el del adjetivo; el otro es el de la pluma ágil, filosa, deconstructiva y constructiva, el de la palabra exacta, la mirada aguda, el del sustantivo.
Los dos son el verbo humano, y sobre todo el verbo crear. Son los creadores por naturaleza: el poeta hace el mundo que el filósofo piensa; el filósofo concibe el mundo que el poeta canta...
He sido ambos. Encuentro en mí, alternados (y curiosamente nunca juntos), al poeta y al filósofo.
Comúnmente se los banaliza en romanticismo y en pedantería, en trivialidad y en sensibilidad absurda. La imagen del poeta es la del romanticón iluso; la del filósofo, la del volátil cuyos pies distan de la superficie terrestre tanto como su cabeza de la realidad.
Poetas y filósofos son especies en extinción... Cuando son tan necesarios...
miércoles, 14 de enero de 2009
Historia e historia
Perdiste un segundo de tu vida leyendo el título de esta entrada. Ese segundo es irrepetible, no existirá nunca más salvo en el recuerdo. Esto no es nuevo (en realidad nada de lo escrito anteriormente lo es) sino trillado, superfluo. Sin embargo, nos da la pauta de nuestra temporalidad: lo que llamamos presente es la inasequibilidad del segundo actual, que pasa y se sucede justo en el momento en que pensamos en él. Así, el Presente se escabulle como agua en la mano, pariendo lo que llamamos pasado, es decir, creando nuestra propia historia. La historia, entonces, es el presente fugaz, es el cúmulo de experiencias irrepetibles. Nuestra historia es irrepetible, de ahí su maravilla.
Siento un gran poder al pensar que en cada segundo, en cada decisión, creamos nuevas posibilidades y eliminamos otras tantas; cada alternativa escogida abre fractálicamente millones más, todas nuevas. Una nueva vida en cada instante, cada decisión.
Con permiso de historiadores y demás especialistas, quiero incluir un reflexión sobre la Historia.
Las historias personales configuran un todo más amplio, que escapa como potencia a la decisión individual. Sin embargo, se realiza a través de las asociaciones de hombres: clases sociales, grupos religiosos, estados y un sinnúmero de ectéteras.
Los hombres en grupos son los sujetos de la Historia y su devenir se produce en su lucha. Esta lucha, sin embargo, se diferencia de las decisiones de la historia individual en su fugacidad: la Historia se renueva pero mantiene sus constantes a lo largo del tiempo y esto no se debe a mecanismos suprahistóricos que la gobiernan sino a la mera esencia humana que se rejuvenece y se presenta.
El hombre, mientras lo sea, será Historia. Por eso, no hay en ella nada más que hombres y mujeres, luchando en el devenir.
Siento un gran poder al pensar que en cada segundo, en cada decisión, creamos nuevas posibilidades y eliminamos otras tantas; cada alternativa escogida abre fractálicamente millones más, todas nuevas. Una nueva vida en cada instante, cada decisión.
Con permiso de historiadores y demás especialistas, quiero incluir un reflexión sobre la Historia.
Las historias personales configuran un todo más amplio, que escapa como potencia a la decisión individual. Sin embargo, se realiza a través de las asociaciones de hombres: clases sociales, grupos religiosos, estados y un sinnúmero de ectéteras.
Los hombres en grupos son los sujetos de la Historia y su devenir se produce en su lucha. Esta lucha, sin embargo, se diferencia de las decisiones de la historia individual en su fugacidad: la Historia se renueva pero mantiene sus constantes a lo largo del tiempo y esto no se debe a mecanismos suprahistóricos que la gobiernan sino a la mera esencia humana que se rejuvenece y se presenta.
El hombre, mientras lo sea, será Historia. Por eso, no hay en ella nada más que hombres y mujeres, luchando en el devenir.
sábado, 10 de enero de 2009
Los rituales
Definición de ritual: conjunto de acciones humanas con una carga significativa superior a la habitual, llevado a cabo en circunstancias, lugares, contextos específicos y, a menudo, estereotipados.
La carga siginificativa aludida refiere a lo Sagrado, a aquello que obnubila al hombre y lo hace tomar contacto con su propia realidad humana y trascendente, cualidad que lo constituye a él ante todo, casi de forma paradojal.
La paradoja es que el hombre se reconoce como hombre cuando se enfrenta a lo totalmente distinto a él: a lo Sagrado. No quiero asociar este concepto a una religión particular, ni siquiera al pensamiento religioso en general, tomemos lo Sagrado como la experiencia del hombre de su propia humanidad, dada por el límite, por la trascendencia, es decir, la posibilidad de ir más allá de sí, por la posibilidad, la mera posibilidad de ser.
El ritual es la manera universal de invocar a lo Sagrado. La concepción moderna cientificista y de raigambre postivista-empirista, ha cercenado los rituales de la existencia humana, nos ha cortado los canales de acceso a lo Sagrado. Y así, huérfanos de sacralidad, sumidos en la más obscura profandad, todo ha perdido el significado, no hay nada único, todo es intercambiable y sujeto a la venta, aún las personas.
Los rituales no son una realidad ficiticia, elucubrada por patologías psiquiátricas... Son otra realidad posible, en la que nos comportamos como verdaderos sacerdotes de la humanidad, donde entramos en contacto con nuestros dioses más profundos y, en definitiva, con lo que nos trasciende. Otra realidad que inunda esta, la colma de sentido y la hace más digna, más humana.
El éxtasis, el frenesí, la música, la vestimenta, la comida... Tantos elementos son recurrentes en nuestros rituales...
No permitamos que nos corten las vías de acceso al Sentido, a lo Sagrado, a lo que nos hace, paradójicamente, salir de nosotros, para comprendernos mejor.
La carga siginificativa aludida refiere a lo Sagrado, a aquello que obnubila al hombre y lo hace tomar contacto con su propia realidad humana y trascendente, cualidad que lo constituye a él ante todo, casi de forma paradojal.
La paradoja es que el hombre se reconoce como hombre cuando se enfrenta a lo totalmente distinto a él: a lo Sagrado. No quiero asociar este concepto a una religión particular, ni siquiera al pensamiento religioso en general, tomemos lo Sagrado como la experiencia del hombre de su propia humanidad, dada por el límite, por la trascendencia, es decir, la posibilidad de ir más allá de sí, por la posibilidad, la mera posibilidad de ser.
El ritual es la manera universal de invocar a lo Sagrado. La concepción moderna cientificista y de raigambre postivista-empirista, ha cercenado los rituales de la existencia humana, nos ha cortado los canales de acceso a lo Sagrado. Y así, huérfanos de sacralidad, sumidos en la más obscura profandad, todo ha perdido el significado, no hay nada único, todo es intercambiable y sujeto a la venta, aún las personas.
Los rituales no son una realidad ficiticia, elucubrada por patologías psiquiátricas... Son otra realidad posible, en la que nos comportamos como verdaderos sacerdotes de la humanidad, donde entramos en contacto con nuestros dioses más profundos y, en definitiva, con lo que nos trasciende. Otra realidad que inunda esta, la colma de sentido y la hace más digna, más humana.
El éxtasis, el frenesí, la música, la vestimenta, la comida... Tantos elementos son recurrentes en nuestros rituales...
No permitamos que nos corten las vías de acceso al Sentido, a lo Sagrado, a lo que nos hace, paradójicamente, salir de nosotros, para comprendernos mejor.
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