martes, 2 de junio de 2009

De Narváez y el marketing político

La política está banalizada. Los ciudadanos estamos relegados a aceptar o no lo que se nos ofrece, nunca podemos ofrecer o, en el peor de los casos, conocer lo que nos es ofrecido.
Pero el colmo de la banalización de la política es la reducción de la campaña proselitista de ideas y debate a una mera estrategia de marketing, donde el candidato se ofrece como una imagen que se compra, un producto que se abona con sufragios.
De Narváez es el caso paradigmático. Él, como candidato, no tiene una sóla propuesta propia, sino que ha tratado de posicionarse mediante publicidad en la opinión pública. Quiere representar las demandas de la población sin propuestas, con sólo posicionar su imagen en todos los medios posibles, de hecho, se posiciona como el candidato de las propuestas. Cuando propone algo (que, en realidad, emana de su equipo de publicistas) no es más que la demagógica intención de identificarse con los anhelos de la población; pero nunca diciendo cómo, mucho menos desde qué marco de ideas lo hará. Incluso confunde sus propuestas con las del ¡Partido Obrero! que se encuentra en las antípodas de su cosmovisión política.
De Narváez no es un candidato, es un producto. La política está siendo reducida, nuevamente, a objeto de consumo, a un bien comercializable. Esto es congruente con las ideas de este señor y su socio Macri, que, obviamente, deben ser ocultadas mediante la publicidad y la demagogia, puesto que esconden el endiosamiento de la oferta y la demanda, los intereses empresarios (ellos mismos lo son) y la mano dura propia de gobiernos dictatoriales y de las clases dominantes que quieren protegerse de los "negros" y criminalizar la pobreza que ellos mismos generaron.
Todo esto está oculto por el marketing político, que se presenta como herramienta transparente y desinteresada. Y precisamente es todo interés: quiere escindir las ideas de las campañas, no sólo para encubrir las atrocidades que piensan sino para disimular la inconsistencia que surge al presentarse como solución a las demandas tan antagónicas y contradictorias que manan de las diversas clases sociales.
El principal peligro de este candidato-producto es el triunfo de la oquedad de la propuesta política, su banalización en otro objeto de consumo y la consolidación del marketing como única forma de éxito electoral.
Esto es lo mismo que someter la Democracia y la administración pública a las garras de los intereses corporativos y a la ley de la oferta y la demanda.

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