domingo, 26 de octubre de 2008

Deseando... (Repensando al amor II)

No quiero arrogarme la facultad de hablar de todo, incluso de lo que he escrito anteriormente. Sin embargo, a la hora de hablar del deseo siento, por primera vez, la necesidad de aclararlo.
El deseo nos hace salir al mundo, construimos con él nuestras relaciones y configuramos nuestros espacios. Deseamos lo que nos resulta misterioso, ya Platón decía que se desea lo que no se tiene. Pero me parece que necesitamos otra perspectiva del tema.
Nos han hecho creer que el deseo es inmoral o, en el mejor de los casos, egoísta. ¡No! ¡El deseo nos hace nosotros! Y sólo si somos nosotros podemos entregarnos.
Como he dicho, el deseo nos hace salir hacia afuera, es la antena que capta el llamado de lo existente; deseamos el mundo, y deseamos un mundo nuevo que, sin el deseo, es imposible concebir, crear, siquiera imaginar.
El deseo es un salir de nosotros siendo nosotros, ahí radica su maravilla. El deseo posibilita la entrega sin la aniquilación, en otras palabras, hace que la donación sea una fuente de vida que mana sin la censura del hedonismo, tomado éste en su acepción más común.
Hablaba con Ana sobre los deseos que pedíamos cuando soplábamos las velitas o cuando encontrábamos un panadero.
Los niños son los seres deseantes por excelencia. Son todo deseo, son ellos creando el mundo en el que vivirán. Cuán triste es saber que no somos ni migajas de lo que deseábamos cuando niños.
Benditas las expresiones del deseo, bendita la exhuberancia de la vida que se desea.
Los paradigmas actuales acentúan el deseo en su objeto (gracias Freud). ¡Grave error! El deseo se centra en el Deseante, que se realiza y realiza en el deseo.

martes, 21 de octubre de 2008

Repensando el amor

Una amiga me dijo que deberíamos repensar el amor, construirlo nuevamente. Repensemos entonces, pero denunciando las banalizaciones del amor en las que vivimos, destruyamos lo inhumano y plantemos la semilla de lo nuevo.
Hay, hace tiempo, una reacción estúpida a la mera superficialidad contemporánea de la "belleza extrerior". Esta reacción supone que "lo importante es lo de adentro" y que no hay que dejarse guiar por los ojos.
No. El problema de la belleza exterior y de esta reacción romanticona es la división. No existe lo de adentro y lo de afuera, las personas no son dos, son una. Y es mentira que no hay que hacerle caso a los ojos. La atracción es sensorial en múltiples aspectos, nos sentimos atraidos por alguien al verlo caminar o al escucharla hablar. Esas son cuestiones físicas: un paso elegante y un tono seductor son características "externas" denostadas por ese espiritualismo absurdo.
Creo que es oportuno aclarar que no hablo de "belleza". Esta idea merece una entrada en sí y la agregaré más adelante.
He utilizado la palabra atracción. Es una de las cualidades intrínsecas al amor: al amor atrae, une, liga, amarra. Esa atracción inicial que podemos sentir por causas vastísimas o nimias, nos impulsa a volver la atención hacia alguien y, sobre todo, hace a ese alguien, Alguien, una persona en todo sentido que se ha diferenciado. ¿Cómo se produce esto? Es simple, un persona reconoce la unicidad de otra, percibe que esa otra está ahí antes que nadie y contempla una particularidad y una peculiaridad que, hasta ahora, había pasado desapercibida.
Suele ocurrir que nos atraen ciertos aspectos de una persona y existen otros que nos producen rechazo. El problema está, nuevamente, en escindir. No nos atraen las características, nos atrae la persona en todas sus dimensiones. Si sesgamos, no estamos la reconociendo como tal sino como un conjunto de cosas que nos gustan. Nadie pretende juzgar, pero quien quiera esto, que sea conciente de que lo está haciendo.
Lo novedoso está en el acento que se pone en la relación misma y no en quien es atraido. No tenemos listas de cosas que los otros deben poseer para que nos sintamos ligados, y si las tenemos, nunca llegaremos a estar con nadie, sino solos con nuestras preferencias.
No estamos hablando de amor todavía, pero la atracción es su génesis.

viernes, 17 de octubre de 2008

El conservadurismo

No puedo ser indiferente a la situación internacional. Los gobiernos imperiales del mundo se han propuesto salvar al capitalismo del que hasta ahora había sido su aliado más letal: el Neoliberalismo. Esta ideología, injusta desde su génesis, pues admite la existencia de la pobreza en pos de la ganancia de unos pocos, propone la ausencia total de intervención, dejando todo en manos del Mercado.
Y este Mercado ha hecho de las suyas: millones de pobres en el mundo, mucha más extensa la brecha social, nuevas necesidades superfluas que hacen que algunos derrochen cuando otros se mueren de hambre.
Muchos piensan que estos gobiernos Neoliberales ha traicionado sus ideas al intervenir. ¡Pero no! Han llegado al colmo de la idolatría del Mercado, han hecho a sus contribuyentes pagar las deudas asumidas por las corporaciones rapaces que han buscado ganancias cada vez más altas sin importar ninguna consecuencia. Nuevamente el Mercado es el que sale victorioso. El que dijo que este es el fin del capitalismo es un ingenuo en el sentido total de la palabra.
Este tipo de medidas, tendientes a conservar el statu quo no son otra cosa que la muestra más evidente de las corrientes conservadoras que buscan mantener posiciones de dominación y legitimar esta injusticia que es la dictadura del Mercado. Si el capitalismo y el neoliberalismo favorecen al corporativismo internacional y a las esferas de poder, es previsible que se intente conservarlos.
Dicho conservadurismo, expresado por tendencias de derecha, no es otra cosa que la defensa (muchas veces en su acepción militar) de las concentraciones de poder y capital. Si nuestra sociedad hoy es injusta, debe cambiarse. Ese cambio jamás va a ser permitido por la derecha tradicionalista, empresaria, militar, religiosa, capitalista, corporativista.
El conservadurismo, entonces, no deja desplegar el cambio histórico, al contrario, lo niega así como a la Historia.
El conservadurismo, entonces, es esencialmente injusto.

miércoles, 1 de octubre de 2008

La finitud

Sin dudas el carácter de finitos nos hace humanos. Somos temporales y espaciales, vivimos el tiempo y nos apoderamos de los espacios; sin embargo, es la experiencia de finitud la que nos da cuenta de nuestra propia existencia.
Sentimos realmente que estamos en este mundo cuando experimentamos en la piel nuestros límites, nuestras imperfecciones, nuestros errores, aquello que nos pone en contacto con nosotros, aquello que nos hace pensar y pensarnos, sentir y sentirnos más profundamente que en cualquier otra situación.
Podemos decir "yo" cuando contactamos ese yo, cuando volvemos hacia nosotros y volvemos en el límite. El límite nos hace humanos porque ilimitados son los dioses; nosotros que trasncurrimos poseemos la tentación de creernos infinitos, omnipotentes. Y el límite nos hace necesitados y la necesidad de otros es condición esencial de la vida.
El límites nos hace sentirnos y nos lleva a los otros. No era tan malo después de todo...