sábado, 3 de octubre de 2009

Orgasmos

Sólo unas pocas cosas nos revientan, nos hacen salir de nosotros y volver renovados. El placer es el ejemplo paradigmático: no se alerten puritanos, que mi hedonismo es totalmente humano.
El placer es el summum de la experiencia, es la vida vivida en su mayor intensidad;y no sin referirme al placer estrictamente sexual, denuncio aquellos cazadores de la vida que buscan hostigar a los placenteros momentos con la expectativa de conservar el statu quo.
Esta es una de las razones por la que no puedo dejar de sentir al placer como algo revolucionario: no sólo la liberación sexual (femenina ante todo, porque los hombres hemos estado liberados desde que tomamos el poder de la familia) sino la liberación de la opresión del monodiscurso, de las legitimaciones moralistas e ideológicas.
Piensen en el renacer que experimentamos cuando hacemos el amor, pero también cuando pateamos una pelota indefinidamente hacia delante, cuando gritamos con la certeza de que nadie escucha, con la nostalgia quizás de que alguien escuche; cuando somos lo que queremos, y queremos lo que somos. Cuando no queda nada más por hacer y, de repente, todo es nuevo. Cuando, lejos de saciarnos, prohijamos un apetito voraz por más libertad, más placer.
El placer es aquello que nos lleva al orgasmo, pero no sólo el orgasmo sexual, el intelectual, el afectivo, el vital. Nuestra vida tiene que ser orgásmica, o por lo menos buscar el orgasmo: sólo en el orgasmo experimentamos todo lo que la vida tiene para ofrecernos y la intensidad alcanza sus niveles cenitales. Y, como hemos dicho, sólo lo intenso, sólo lo orgásmico redime, la liberación del placer hace de nosotros personas totalmente éticas, absolutamente responsables por sus actos y con un amor por el mundo que difícil pueda igualarse desde la perspectiva racional y muchos menos represiva, donde el mundo es peligroso, reducto de los errores y de las malformaciones de la conciencia.
Para los que que nieguen la sociabilidad de tales afirmaciones no queda otra cosa que invitarlos a vivir plenamente, a experimentar y sólo ahí valorar.
Para los racionalistas que puedan juzgar esta postulación apriorísticamente sólo queda el consejo de abrirse a la vida que es contradictoria, emocional, impredecible, nueva, orgásmica.

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