Todo el mundo sabe que el presidente de los Estados Unidos ha sido galardonado con el Premio Nobel de la Paz, ingresando a una lista integrada por Adolfo Pérez Esquivel, Rigoberta Menchú, Lech Walesa, Martin Luther King, Teresa de Calcuta... Todo el mundo sabe que los Estados Unidos son responsables de genocidios a lo largo y a lo ancho de la tierra y de la historia.
El presidente Obama no ha movido un dedo para levantar el devastador embargo contra Cuba, ha enviado más tropas a Irak y a Afganistán la misma semana de su designación, se propone levantar cinco bases militares en territorio colombiano, ha insistido en la instauración del liberalismo económico con los tratados de libre comercio que han devastado las economías industriales latinoamericanas...
La paz es mucho más que ese premio, que ha perdido toda credibilidad. La paz, hermanos, no es simplemente la no-guerra, la paz es la búsqueda de la justicia y la igualdad entre todos los seres humanos, es la opción por los excluidos, por los que ni siquiera se sabe que existen. La paz es poner delante a los que tipos como Obama ponen detrás.
¿Premio Nobel de la Paz? Si no fuera por los hombres y las mujeres que he nombrado arriba y tantos otros veraderos paladines de la paz, escupiría en ese nombre...
jueves, 22 de octubre de 2009
martes, 20 de octubre de 2009
Protesta social
Pocas cosas son tan democráticas como las posibilidad de manifestación pública. Como la asociación por el reclamo, como la resistencia pacífica, como el grito que prorrumpe ante la injusticia de una pseudo democracia que no es sino la fachada angelical de la demoníaca tiranía del corporativismo internacional, en alianza con las burguesías locales que preservan su posición a costa del pueblo. Ambos parásitos del pueblo.
Protesto contra la criminalización de la protesta. El individualismo ha minado hasta nuestra concepción de justicia: los derechos son siempre individuales, mi libertad termina cuando empieza del otro y comienza cuando otro otro lo permite. No existe solidaridad sino restricción, no existe libertad sino condicionamientos, millones de adversarios de mi lucro personal. Todos tenemos derecho de ir a trabajar, tenemos la necesidad de llegar a casa, de usar el espacio público, pero, sin dudas, los derechos de todos son más importantes que los derechos de cada uno. Seguramente me tildarán de comunista, violento y todos los epítetos que aquellos que creen que los otros son mis enemigos en lugar de mis hermanos suelen utilizar en estos casos.
Pero digo: pensemos en el otro como nosotros, pensemos que cada despido, cada violación de derechos (y mucho más si esos derechos son fundamentales y humanos como la expresión) es una violacion a nuestra propia condición de ciudadanos y personas.
La concepción individualista de la libertad no libera, nos sume en una guerra por la supervivencia donde me puedo valer de absolutamente todo para eliminar a quél lobo que amenaza mi existencia.
Protesto contra la criminalización de la protesta. El individualismo ha minado hasta nuestra concepción de justicia: los derechos son siempre individuales, mi libertad termina cuando empieza del otro y comienza cuando otro otro lo permite. No existe solidaridad sino restricción, no existe libertad sino condicionamientos, millones de adversarios de mi lucro personal. Todos tenemos derecho de ir a trabajar, tenemos la necesidad de llegar a casa, de usar el espacio público, pero, sin dudas, los derechos de todos son más importantes que los derechos de cada uno. Seguramente me tildarán de comunista, violento y todos los epítetos que aquellos que creen que los otros son mis enemigos en lugar de mis hermanos suelen utilizar en estos casos.
Pero digo: pensemos en el otro como nosotros, pensemos que cada despido, cada violación de derechos (y mucho más si esos derechos son fundamentales y humanos como la expresión) es una violacion a nuestra propia condición de ciudadanos y personas.
La concepción individualista de la libertad no libera, nos sume en una guerra por la supervivencia donde me puedo valer de absolutamente todo para eliminar a quél lobo que amenaza mi existencia.
sábado, 3 de octubre de 2009
Orgasmos
Sólo unas pocas cosas nos revientan, nos hacen salir de nosotros y volver renovados. El placer es el ejemplo paradigmático: no se alerten puritanos, que mi hedonismo es totalmente humano.
El placer es el summum de la experiencia, es la vida vivida en su mayor intensidad;y no sin referirme al placer estrictamente sexual, denuncio aquellos cazadores de la vida que buscan hostigar a los placenteros momentos con la expectativa de conservar el statu quo.
Esta es una de las razones por la que no puedo dejar de sentir al placer como algo revolucionario: no sólo la liberación sexual (femenina ante todo, porque los hombres hemos estado liberados desde que tomamos el poder de la familia) sino la liberación de la opresión del monodiscurso, de las legitimaciones moralistas e ideológicas.
Piensen en el renacer que experimentamos cuando hacemos el amor, pero también cuando pateamos una pelota indefinidamente hacia delante, cuando gritamos con la certeza de que nadie escucha, con la nostalgia quizás de que alguien escuche; cuando somos lo que queremos, y queremos lo que somos. Cuando no queda nada más por hacer y, de repente, todo es nuevo. Cuando, lejos de saciarnos, prohijamos un apetito voraz por más libertad, más placer.
El placer es aquello que nos lleva al orgasmo, pero no sólo el orgasmo sexual, el intelectual, el afectivo, el vital. Nuestra vida tiene que ser orgásmica, o por lo menos buscar el orgasmo: sólo en el orgasmo experimentamos todo lo que la vida tiene para ofrecernos y la intensidad alcanza sus niveles cenitales. Y, como hemos dicho, sólo lo intenso, sólo lo orgásmico redime, la liberación del placer hace de nosotros personas totalmente éticas, absolutamente responsables por sus actos y con un amor por el mundo que difícil pueda igualarse desde la perspectiva racional y muchos menos represiva, donde el mundo es peligroso, reducto de los errores y de las malformaciones de la conciencia.
Para los que que nieguen la sociabilidad de tales afirmaciones no queda otra cosa que invitarlos a vivir plenamente, a experimentar y sólo ahí valorar.
Para los racionalistas que puedan juzgar esta postulación apriorísticamente sólo queda el consejo de abrirse a la vida que es contradictoria, emocional, impredecible, nueva, orgásmica.
El placer es el summum de la experiencia, es la vida vivida en su mayor intensidad;y no sin referirme al placer estrictamente sexual, denuncio aquellos cazadores de la vida que buscan hostigar a los placenteros momentos con la expectativa de conservar el statu quo.
Esta es una de las razones por la que no puedo dejar de sentir al placer como algo revolucionario: no sólo la liberación sexual (femenina ante todo, porque los hombres hemos estado liberados desde que tomamos el poder de la familia) sino la liberación de la opresión del monodiscurso, de las legitimaciones moralistas e ideológicas.
Piensen en el renacer que experimentamos cuando hacemos el amor, pero también cuando pateamos una pelota indefinidamente hacia delante, cuando gritamos con la certeza de que nadie escucha, con la nostalgia quizás de que alguien escuche; cuando somos lo que queremos, y queremos lo que somos. Cuando no queda nada más por hacer y, de repente, todo es nuevo. Cuando, lejos de saciarnos, prohijamos un apetito voraz por más libertad, más placer.
El placer es aquello que nos lleva al orgasmo, pero no sólo el orgasmo sexual, el intelectual, el afectivo, el vital. Nuestra vida tiene que ser orgásmica, o por lo menos buscar el orgasmo: sólo en el orgasmo experimentamos todo lo que la vida tiene para ofrecernos y la intensidad alcanza sus niveles cenitales. Y, como hemos dicho, sólo lo intenso, sólo lo orgásmico redime, la liberación del placer hace de nosotros personas totalmente éticas, absolutamente responsables por sus actos y con un amor por el mundo que difícil pueda igualarse desde la perspectiva racional y muchos menos represiva, donde el mundo es peligroso, reducto de los errores y de las malformaciones de la conciencia.
Para los que que nieguen la sociabilidad de tales afirmaciones no queda otra cosa que invitarlos a vivir plenamente, a experimentar y sólo ahí valorar.
Para los racionalistas que puedan juzgar esta postulación apriorísticamente sólo queda el consejo de abrirse a la vida que es contradictoria, emocional, impredecible, nueva, orgásmica.
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