lunes, 11 de enero de 2010

Ensayo sobre la ceguera

No me gusta Saramago, lo considero incómodo de leer, demasiado extenso, muchas veces obvio, y hasta pedante al escribir. Sin embargo, he concluido la lectura de su Ensayo sobre la ceguera cuyo argumento trataré de sentitizar brevemente.
Una epidemia de ceguera se extiende a velocidades inusitadas en una población, sin causas aparentes y sin seleccionar víctimas. Los primeros infectados son puestos en cuarentena absoluta, sin contacto siquiera con médicos u otro ser humano más que otro infectado. Un oftalmólogo (irónicamente) es trasladado ciego a aquel lugar junto a su esposa quien no se ha quedado ciega (tampoco sabemos por qué) y quien se convertirá en una especie de guía de todos los internos quienes se han enfrentado entre sí en condiciones infrahumanas. Poco a poco, se irán desnudando las pasiones más animales y extremando las condiciones de habitabilidad para culminar en un incendio que los obliga a romper es aislamiento para anoticiarse que no sólo los militares que los vigilaban se han ido sino que nunca se pudo contener la epidemia teniendo como resultado el caos generalizado y apocalíptico. Guiados por quien no ha perdido la visión vagan por las calles desoladas tratando de evitar a aquellos hambrientos sobrevivientes, arribando a la casa de la pareja, donde el primer hombre en perder la visión la recupera de súbito, sin motivos aparentes.
Pensar cómo seríamos nosotros si fueramos los únicos con la capacidad de ver es un interrogante completamente ético. Pensarnos con el poder (sobrehumano) de ver lo que otros no, nos demanda un comportamiento totalmente humano. Sabernos personas aún en circunstancias donde la animalidad es casi total nos hace preguntarnos qué nos hace lo que somos, si sólo el contexto en que vivimos nos hace humanos, si esa condición de humanidad depende de la exclusiva fragilidad de nuestras condiciones de vida.
Pienso que la humanidad (única especie capaz de autodestruirse) es tal porque precisamente puede seguir siendo humana a pesar de las condiciones deshumanizantes.
El poder de ser personas es patrimonio casi exclusivo de los que sufren, de los pobres, pues son ellos quienes se han visto desprovistos de ella.