Pocas cosas nos hacen salir de nosotros al mismo tiempo que nos conmueven, cuando somos todo y nada al mismo tiempo, somos el éxtasis que se propulsa hacia afuera, y somos la interioridad que se rejuvenece.
La música nos saca de nosotros y nos hace nosotros, nos obnubila y hace que contactemos con intensidad inusitada con nuestras emociones, con nuestros pensamientos.
La música es envolvente, flexible: todo lo que pasa por nuestro cuerpo puede expresarse con música, desde la más honda tristeza hasta el más estruendoso regocijo. Lo que creemos, lo que pensamos, lo que adoramos, lo que deleznamos, lo más profundo, lo más nimio.
La música es la máxima expresión, el lenguaje fundamental, mucho más perfecto que cualquier idioma, mucho más universal que cualquier lengua imperialista.
No necesita palabras para ser bella, prescinde de letras y de los rigores culturales del lenguaje y hasta de la idea.
Con música podemos dar cuenta de todas nuestras experiencias, y aún queda música para decir lo que no puede decirse de otra manera y con las limitaciones de los lenguajes, para trascendernos totalmente. Miren ésto cuán profundo, que ni siquiera la poesía puede compararse.
Precisamente, la música, al dar cuenta de toda la condición humana, es el más perfecto de los lenguajes, el lenguaje de lo inefable.
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