Ahora que estamos a punto de ejercer el sublime acto democrático de renovar la elección de nuestros destinos, no dejo de pensar en los tiempos en que no podíamos hacerlo.
Considero tan sagrado y tan prístino el acto de elegir, que todo hombre que se arrogue la facultad de privar a otro de él, es merecedor de la peor de las reprobaciones. Mucho más condenables son aquellos que se creen superiores a la misma ley, que disponen de ella, que se permiten no sólo violarla sino pretenden reemplazarla por otra, cuya naturaleza es per se falaz e ilegítima.
La sucesión de golpes de Estado en la Argentina y el mundo, ha cometido estas monstruosidades. Estas bestias (no merecen ser llamados Hombres) se han arrogado la posesión de la Ley, la supremacía a la Constitución, con argumentos totalmente ideológicos y con medios totalmente violentos. En otras palabras, tomaron el poder con el sólo mérito de empuñar la espada.
De más está decir que de sus filas no hubo estadistas legítimos, mucho menos políticos caracterizados por otra cosa que su ignorancia, incompetencia, pedantería y por la militarización de las relaciones que es, por naturaleza, enemiga de la democracia.
He dicho que sus argumentos fueron ideológicos. Ellos renegarán siempre de las ideologías, dirán siempre que las combaten, desacreditarán la política. Tal silenciamiento pretende encubrir la persecución ideológica de la población: todo aquél cuyo pensamiento no era el de ellos (el pensamiento asesino de ellos) era tachado de terrorista. Y tachado también del mundo.
Esto es ideológico. Sólo ideológicamente se puede explicar la "guerra civil" que nefastamente plantean. Caen, nuevamente, en contradicción: si la "guerra" que entablan es contra la "amenaza marxista terrorista", es la ideología de la derecha quien debe enfrentarlos.
Otra razón del ocultamiento y la reafirmación del caracter ideológico de un Golpe que se ensalza por encima de la ley es la implementación de las políticas neoliberales que dictaban los intereses foráneos. Otra vez la contradicción entre su pregón de "refundar el país" y del "ser nacional" y sus prácticas económicas. Habría que avisarles que la industria y el trabajo que destruyeron eran también argentinos.
Pero lo central de esta entrada no es el posicionamiento supra legal de estos asesinos, es, principalmente, su posicionamiento supra vital. Ellos fueron amos y señores de la vida, dispusieron quien vivía o quien moría, dieron cauce a las expresiones más nefastas del autoritarismo de la clase media y alta en la Argentina con expresiones como "algo habrán hecho" o " a mí no me pasó nada." Para los cínicos que predican estas afirmaciones sólo queda lo mismo que para los genocidas. Absolutamente nadie tiene el poder de matar. Ni siquiera el Estado. Y muchísimo menos el terrorismo del Estado usurpado.
La Ley, que debe proteger a la Vida, había sido también mutilada. El genocidio hecho, sobre todo, durante la última dictadura militar, es triplemente atroz: ha privado al hombre de su libertad de pensar y de ser, ha violentado a la ley y se ha proclamado impune a sus juicios, situándola a sus pies y actuando según su propia voluntad absoluta; y, por último y más gravemente aún, se ha situado por encima de la vida de los hombres y las mujeres, lo que conlleva la más nefasta de las atrocidades que el ser humano puede cometer.
Que esta democracia que estamos celebrando, sea capaz que caerles con todo el rigor de la Ley que han afrentado y de la que se han sentido dueños en el pasado.
Que los falcon verdes sean, de una vez por todas, reducidos a chatarra.
miércoles, 24 de junio de 2009
miércoles, 17 de junio de 2009
Gripe de cerdos
Hemos sido víctimas de un engaño más. Nos han tomado el pelo nuevamente. Los medios de comunicación, patrimonio de las corporaciones empresarias han instaurado, por enésima oacasión, un tema en la conciencia general que nos ha atemorizado y nos ha llevado al límite de la paranoia.
La gripe porcina ha sido declarada por la OMS, pandemia mundial. Los noticieros y periódicos abonan esta advertencia con la sucesión de casos positivos... y de muertes. Hemos suspendido vuelos, y clases.
Esta enfermedad se ha llevado, lastimosamente, la vida de unas 250 personas en América.
Pero hay dos puntos de análisis en este problema.
El primero es que es una enfermedad tan letal como un dolor de cabeza. Sí, querido compañero, la gripe común y corriente, esa que enfrentamos cada invierno, esa que los remedios de la abuela han combatido desde siempre, es más peligrosa, más mortífera y mata más seres humanos por año que esta "nueva pandemia".
La malaria provoca millones de muertes cuando puede remediarse con mosquiteros, miles de enfermedades simples pueden curarse con centavos. Más letales y más baratas. Pero "la comunidad internacional" no parece percatarse. Los medios de comunicación no nos informan de esto y, sin embargo, llenan espacios (y cabezas) con la emergencia sanitaria provocada por la gripe A. ¿Si es tan grave por qué no se autorizan a vender medicamentos genéricos? Simplemente porque detrás de esta gripe está el negocio de las multinacionales farmacéuticas como Roche y Relenza. Esta emergencia mundial se transforma así en emergencia de ganancias.
El segundo punto también tiene que ver una enfermedad, la peor de todas: la pobreza. La pobreza mata millones de hermanos en todo el planeta, genera otras enfermedades como las nombradas, aniquila conciencias, cercena libertadas, degrada y destruye en vida una infinitud de personas.
Y los medios de comunicación capitalistas no hablan de la pobreza, de los muertos, del capitalismo. Son los capitalistas los que acumulan para sí, son aquellos que, en nombre de su derecho a la renta y de la naturalidad de su actividad lucrativa, no sólo vacían los países pobres sino que impiden revertir una situación que les quite la hegemonía y las ganancias.
Nuevamente, el afán de lucro mata. Nuevamente especula con la Vida, especula con el miedo, especula con nosotros, los súbditos del capital, a quienes han lavado la cabeza con palabras como progreso, eficiencia, organización, riqueza, éxito.
No sólo buscan renta con nuestras vidas, también deciden quien vive o quien muere.
Agradezco esta entrada a Nati, alias la Comandanta Ramona, cuyo mail motivó esta reflexión. También a mis compañeras Anita y Lorena, con quienes terminé de definir la línea argumental de esta entrada.
La gripe porcina ha sido declarada por la OMS, pandemia mundial. Los noticieros y periódicos abonan esta advertencia con la sucesión de casos positivos... y de muertes. Hemos suspendido vuelos, y clases.
Esta enfermedad se ha llevado, lastimosamente, la vida de unas 250 personas en América.
Pero hay dos puntos de análisis en este problema.
El primero es que es una enfermedad tan letal como un dolor de cabeza. Sí, querido compañero, la gripe común y corriente, esa que enfrentamos cada invierno, esa que los remedios de la abuela han combatido desde siempre, es más peligrosa, más mortífera y mata más seres humanos por año que esta "nueva pandemia".
La malaria provoca millones de muertes cuando puede remediarse con mosquiteros, miles de enfermedades simples pueden curarse con centavos. Más letales y más baratas. Pero "la comunidad internacional" no parece percatarse. Los medios de comunicación no nos informan de esto y, sin embargo, llenan espacios (y cabezas) con la emergencia sanitaria provocada por la gripe A. ¿Si es tan grave por qué no se autorizan a vender medicamentos genéricos? Simplemente porque detrás de esta gripe está el negocio de las multinacionales farmacéuticas como Roche y Relenza. Esta emergencia mundial se transforma así en emergencia de ganancias.
El segundo punto también tiene que ver una enfermedad, la peor de todas: la pobreza. La pobreza mata millones de hermanos en todo el planeta, genera otras enfermedades como las nombradas, aniquila conciencias, cercena libertadas, degrada y destruye en vida una infinitud de personas.
Y los medios de comunicación capitalistas no hablan de la pobreza, de los muertos, del capitalismo. Son los capitalistas los que acumulan para sí, son aquellos que, en nombre de su derecho a la renta y de la naturalidad de su actividad lucrativa, no sólo vacían los países pobres sino que impiden revertir una situación que les quite la hegemonía y las ganancias.
Nuevamente, el afán de lucro mata. Nuevamente especula con la Vida, especula con el miedo, especula con nosotros, los súbditos del capital, a quienes han lavado la cabeza con palabras como progreso, eficiencia, organización, riqueza, éxito.
No sólo buscan renta con nuestras vidas, también deciden quien vive o quien muere.
Agradezco esta entrada a Nati, alias la Comandanta Ramona, cuyo mail motivó esta reflexión. También a mis compañeras Anita y Lorena, con quienes terminé de definir la línea argumental de esta entrada.
martes, 2 de junio de 2009
De Narváez y el marketing político
La política está banalizada. Los ciudadanos estamos relegados a aceptar o no lo que se nos ofrece, nunca podemos ofrecer o, en el peor de los casos, conocer lo que nos es ofrecido.
Pero el colmo de la banalización de la política es la reducción de la campaña proselitista de ideas y debate a una mera estrategia de marketing, donde el candidato se ofrece como una imagen que se compra, un producto que se abona con sufragios.
De Narváez es el caso paradigmático. Él, como candidato, no tiene una sóla propuesta propia, sino que ha tratado de posicionarse mediante publicidad en la opinión pública. Quiere representar las demandas de la población sin propuestas, con sólo posicionar su imagen en todos los medios posibles, de hecho, se posiciona como el candidato de las propuestas. Cuando propone algo (que, en realidad, emana de su equipo de publicistas) no es más que la demagógica intención de identificarse con los anhelos de la población; pero nunca diciendo cómo, mucho menos desde qué marco de ideas lo hará. Incluso confunde sus propuestas con las del ¡Partido Obrero! que se encuentra en las antípodas de su cosmovisión política.
De Narváez no es un candidato, es un producto. La política está siendo reducida, nuevamente, a objeto de consumo, a un bien comercializable. Esto es congruente con las ideas de este señor y su socio Macri, que, obviamente, deben ser ocultadas mediante la publicidad y la demagogia, puesto que esconden el endiosamiento de la oferta y la demanda, los intereses empresarios (ellos mismos lo son) y la mano dura propia de gobiernos dictatoriales y de las clases dominantes que quieren protegerse de los "negros" y criminalizar la pobreza que ellos mismos generaron.
Todo esto está oculto por el marketing político, que se presenta como herramienta transparente y desinteresada. Y precisamente es todo interés: quiere escindir las ideas de las campañas, no sólo para encubrir las atrocidades que piensan sino para disimular la inconsistencia que surge al presentarse como solución a las demandas tan antagónicas y contradictorias que manan de las diversas clases sociales.
El principal peligro de este candidato-producto es el triunfo de la oquedad de la propuesta política, su banalización en otro objeto de consumo y la consolidación del marketing como única forma de éxito electoral.
Esto es lo mismo que someter la Democracia y la administración pública a las garras de los intereses corporativos y a la ley de la oferta y la demanda.
Pero el colmo de la banalización de la política es la reducción de la campaña proselitista de ideas y debate a una mera estrategia de marketing, donde el candidato se ofrece como una imagen que se compra, un producto que se abona con sufragios.
De Narváez es el caso paradigmático. Él, como candidato, no tiene una sóla propuesta propia, sino que ha tratado de posicionarse mediante publicidad en la opinión pública. Quiere representar las demandas de la población sin propuestas, con sólo posicionar su imagen en todos los medios posibles, de hecho, se posiciona como el candidato de las propuestas. Cuando propone algo (que, en realidad, emana de su equipo de publicistas) no es más que la demagógica intención de identificarse con los anhelos de la población; pero nunca diciendo cómo, mucho menos desde qué marco de ideas lo hará. Incluso confunde sus propuestas con las del ¡Partido Obrero! que se encuentra en las antípodas de su cosmovisión política.
De Narváez no es un candidato, es un producto. La política está siendo reducida, nuevamente, a objeto de consumo, a un bien comercializable. Esto es congruente con las ideas de este señor y su socio Macri, que, obviamente, deben ser ocultadas mediante la publicidad y la demagogia, puesto que esconden el endiosamiento de la oferta y la demanda, los intereses empresarios (ellos mismos lo son) y la mano dura propia de gobiernos dictatoriales y de las clases dominantes que quieren protegerse de los "negros" y criminalizar la pobreza que ellos mismos generaron.
Todo esto está oculto por el marketing político, que se presenta como herramienta transparente y desinteresada. Y precisamente es todo interés: quiere escindir las ideas de las campañas, no sólo para encubrir las atrocidades que piensan sino para disimular la inconsistencia que surge al presentarse como solución a las demandas tan antagónicas y contradictorias que manan de las diversas clases sociales.
El principal peligro de este candidato-producto es el triunfo de la oquedad de la propuesta política, su banalización en otro objeto de consumo y la consolidación del marketing como única forma de éxito electoral.
Esto es lo mismo que someter la Democracia y la administración pública a las garras de los intereses corporativos y a la ley de la oferta y la demanda.
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