viernes, 31 de julio de 2009

Monseñor Aguer y las ideologías

Creo que el título es sugerente, da mucha tela para cortar y, para los que me han leído, basta para conocer mi perspectiva.
No quiero centrar esta entrada en el debate sobre la sexualidad o lo que tienen que leer o no nuestros pibes, no vale la pena confrontar con Aguer en esas cuestiones, ni con el sector de la Iglesia del que es eminente portavoz, menos aún con ciertos grupos del evangelismo que consideran pecado la homosexualidad y las relaciones prematrimoniales al punto de socavar las conciencias de sus creyentes a situaciones terriblemente angustiantes; Palau es un claro ejemplo: habría que preguntarle a este simio si Dios odia los preservativos tanto como las guerras de su amigo Bush. Estos sectores han apoyado dictaduras, genocidios, matanzas y gobiernos corruptos con la misma hipocresía que defienden "la voluntad de Dios"; seguramente no era lo que el judío que dicen seguir pregonaba. Pero en fin, este no es el punto. El punto es otro.
Entre los epítetos que este fariseo utilizó para denostar un proyecto de salud pública y demográfica se encuentran "ideológico" y "neomarxista" por mero citar... con evidentes connotaciones descalificadoras.
Los mismos enfoques que Monseñor tilda de ideológicos nos han eseñado que, precisamente, la ideología es una categoría que atravisa casi la totalidad de la experiencia humana, que ninguna relación puede prescindir de ideología, puesto que esta es el conjunto de ideas con las que una persona aborda el mundo, sistematizadas o no, incluso conscientes o no. Generalmente se concibe la ideología como proclive a los intereses particulares, de clase o de cualquier grupo y eso no está lejos de la verdad, aunque no son exclusivamente intereses económicos: el aspecto simbólico en la praxis ideológica es la piedra angular de las relaciones sociales. En resumen, es imposible para los hombres y las mujeres prescindir de sus ideas y su cosmovisión de mundo para vivir y vivir con otros y desde sus espacios de pertenencia, por lo que cualquier discurso que prescinda de las ideologías o intente denostarlas, es alta e ideológicamente contradictorio.
Además, debemos notar un punto curioso: cuando se habla de ideologías, se refiere exclusivamente a ideologías de izquierda "neomarxistas". La derecha no tiene ideología, tiene gestión, tiene defensa de la vida, tiene bien común en favor de los que trabajan, tiene fe, está en contra del "avance totalitario del Estado", promueve la libertad... Su discurso ideológico es presentado como discurso total, como sentido común, como paladín de la "tradición nacional y a los sentimientos cristianos de la mayoría de nuestro pueblo". Nada más falaz e hipócrita. Ellos tienen ideología, y desde esta ideología intentan silenciar otras... ¿Quién es más totalitario?
Esto no es otra cosas que la propuesta de pensar como ellos y nada más, todo el resto es "ideológico", por lo tanto "neomarxista". Además es hasta bizarro que hable de "una imposición dogmática constructivista...", cuando es su propio dogmatismo lo que le ha impedido comprender las teorías filosóficas, sociológicas, psicológicas, antropológicas que han desnudado las relaciones de opresión que, durante siglos, el poder que él mismo declara inexistente (y del que forma parte) ha ejercido omnipotente.
A pesar de que no es asunto de esta entrada quiero hacer una breve alusión a su concepción de sexualidad. "Realidad plenaria, bella y sagrada" es la sexualidad para Aguer. Y comparto. Pero la sacralidad de él es la negación del cuerpo, la sacralidad ascética. Moseñor no estaría de acuerdo con mi interpretación de sus palabras, pero el ascetismo que propone no solamente es entelequial sino que ni siquiera pude considerarse como el ideal moral, puesto que contradice la esencia misma del amor, que es la unión y la entrega mutua. Esto no promueve promiscuidad como podría alegar Monseñor, sino que pretende recobrar el cuerpo como sagrado, es decir, como realidad trascendente que se dona totalmente. La sacralidad que Monseñor busca es negación, la que humildemente propongo es entrega, como la Cruz.
Posiciones como la de Aguer son muy peligrosas, porque pretenden establecerse como discursos únicos a pesar de su "objeción de conciencia" puesto que, de poder, estos grupos legislarían ideológicamente, y no permitirían nuestras "objeciones de conciencia", como lo han hecho durante siglos.
Por último, Héctor, hermano, quiero decirte que me confieso marxista, y no considero una ofensa o agravio el epíteto con el que has llamado al material de análisis. Es más, te lo agradezco, porque me hizo saber muy bien que estoy en el lugar correcto.

domingo, 5 de julio de 2009

Silencio

No es casual que escriba sobre el silencio después de escribir sobre la música. Créanme que no fue planificado, sino que surgió de una conversación que tuve con Marianela, a quien, simplemente, pedí que calláramos.
El silencio es parte de la música, parte constitutiva diría yo, a tal punto que el silencio podría definirse como la ausencia de ella.
Sin embargo, y como no me gusta definir por vía negativa, digo que el silencio es la reacción del hombre ante el absurdo, el canto que sólo es entendible cuando no comprendemos ninguna otra cosa.
No estamos acostumbrados a callar, por eso los silencios nos son tan ajenos, cuando son la puerta hacia nuestra interioridad. La reflexión, sólo es posible en el silencio, el autoconocimiento tiene como condición necesaria la madurez para mirarnos en el silencio. La soledad es, entonces, su compañera inseparable, el rugido del absurdo.
Callemos nosotros para que el mundo hable, para que los otros hablen, para que nuestro vivir se purifique de ruidos y se llene de música. El callar es fundamental para poder relacionarnos con otros, es estrictamente necesario para amar.
Nuestro mundo es ruidoso, bajémosle los decibeles a cero. Sin gritos, sin bocinas, escuchando los gorjeos de la naturaleza. Quedémonos en silencio con nosotros, con los otros.
Comúnmente, "hacer callar" o "quedarse callado" tiene connotaciones violentas, de violencia hacia otro o de violencia con uno mismo: la verdadera sabiduría consiste en callarse cuando es el silencio quien debe hablar.
El silencio es tan necesario porque nos permite escuchar lo más profundo que tenemos y los más extraño que tenemos: al otro.

Música maestro...

Pocas cosas nos hacen salir de nosotros al mismo tiempo que nos conmueven, cuando somos todo y nada al mismo tiempo, somos el éxtasis que se propulsa hacia afuera, y somos la interioridad que se rejuvenece.
La música nos saca de nosotros y nos hace nosotros, nos obnubila y hace que contactemos con intensidad inusitada con nuestras emociones, con nuestros pensamientos.
La música es envolvente, flexible: todo lo que pasa por nuestro cuerpo puede expresarse con música, desde la más honda tristeza hasta el más estruendoso regocijo. Lo que creemos, lo que pensamos, lo que adoramos, lo que deleznamos, lo más profundo, lo más nimio.
La música es la máxima expresión, el lenguaje fundamental, mucho más perfecto que cualquier idioma, mucho más universal que cualquier lengua imperialista.
No necesita palabras para ser bella, prescinde de letras y de los rigores culturales del lenguaje y hasta de la idea.
Con música podemos dar cuenta de todas nuestras experiencias, y aún queda música para decir lo que no puede decirse de otra manera y con las limitaciones de los lenguajes, para trascendernos totalmente. Miren ésto cuán profundo, que ni siquiera la poesía puede compararse.
Precisamente, la música, al dar cuenta de toda la condición humana, es el más perfecto de los lenguajes, el lenguaje de lo inefable.