No me hice kirchnerista desde que murió Néstor, lo era desde antes, creo que desde mucho antes. Sin embargo es la primera vez que lo digo, lo sostengo, lo asevero, lo afirmo, lo aserto, lo profiero, lo exclamo, lo aseguro, lo proclamo, lo manifiesto con la intensidad suma de la que mi pluma es capaz.
He leído muchos textos, he escuchado muchas declaraciones y he mantenido muchas conversaciones que versaron sobre los méritos (y deméritos) de la presidencia de Néstor Kirchner y del kirchnerismo en general, por lo que procuraré omitir detalles del modelo al que adhiero y me concentraré en las experiencias que me hicieron pensar en el título de esta entrada.
Los que me conocen saben que me confieso marxista. Siempre acusé al peronismo (por lo menos el más ortodoxo e histórico) de haber edulcorado y narcotizado a la clase obrera dentro de un modelo capitalista que por más distributivo que fuera, subsumía al obrero a la injusticia del capital. Además Perón fue milico y anticomunista y en los setenta entregó a la izquierda del movimiento al nefasto de López Rega, todas en contra.
Este antiperonismo enraizado en lecturas, filosofías e ideologías no me permitía hasta ahora reconocerme adherente a una fuerza nacida de las filas del justicialismo. Pero el miércoles 27 de Octubre de 2010 estuve en la Plaza.
Ahí respiré Pueblo. Esa categoría tan bastardeada, dudosa, nebulosa, invocada (muchas veces sin derecho) y vaciada de sentido se materializó. Material y concretamente compañeros y compañeras. La vi, la sentí, la toqué, la olí, la escuché. Se supone que Kirchner puso al Pueblo delante de los intereses de las clases altas empresariales y burguesas: empíricamente digo ¡si! ¡Lo comprobé! Ahí, en la Plaza, estaba el Pueblo; joven y adulto, conciente de la histórica coyuntura, sin aparatos, sin choripanes, sin cachés de cincuenta pesos. Lamentándose y levantando el puño o los dedos en ve. Personas de toda edad y clase social, de espectros políticos variados (obviamente no encontré ninguna remera amarilla), militantes y no, familias y grupos de amigos... ¿Dónde más Pueblo?
La otra experiencia se concretizó al mirar el programa de televisión 678. No es momento de elogiarlo, pero me econtré con una tribuna rebalsando de actores, escritores, filósofos, músicos, científicos que expresaban tanto su adhesión a las políticas de gobierno de estos años como un profundo dolor por la pérdida del que consideraban un compañero. Ahí recordé que a Kirchner se lo solía tildar de dictador, tirano, déspota, autoritario. Y ahora no empírica sino deductivamente pensé: por definición un tirano es enemigo del librepensamiento, del arte, de la sensibilidad poética, del conocimiento; una gran cantidad de personas con sensibilidad artística e intelectual lo lloraba; por lo tanto, Kircher estaba lejos de ser un tirano, más bien, alentó el pensamiento profundo y el arte. Al ver todas esas personas, me di cuenta de que me gustaría estar en esa tribuna, esa gente es con la que yo quiero estar y están del lado kirchnerista. Enfrente, los compatriotas que recibieron con champagne envueltos en banderas argentinas a los censistas de Recoleta, festejando la muerte de aquel que los había enfrentado en sus intereses. Las oligarquías y los grupos económicos de siempre. Evidentemente ellos allá y nosotros acá. ¿Dividir? Sí, claro. Hay que separa la paja del trigo.
Todo esto me hizo pensar que tendría que dejarme de joder y aceptar de una vez que era kirchnerista.
Por último, a todos aquellos que, kirchneristas o no, se sientan de este lado puedo decirles dos cosas: la primera, lloremos, porque se ha muerto un hombre que nos dignificó y, en segundo lugar, alegrémonos, porque somos más fuertes ahora, pues los mitos son más poderosos que los hombres.
viernes, 29 de octubre de 2010
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