Las letras no dan pan. La literatura no sirve para nada. Como creían Bioy y Borges y muchos, la literatura es inútil, salvo para el regocijo. Yo he leído; no tanto como quisiera, aunque si así fuera me volvería loco (qué locura más dulce).
Si la literatura no se disfruta, no se siente, no es agradable, no vale la pena leer. Pobres los eruditos, matan la vida con el análisis. Quizás por eso nunca estudié Letras.
Volvamos a la inutilidad; gracias a cierta corriente ética (el utilitarismo inglés) se nos ha instalado la monstruosa inquisición "¿y esto para qué sirve?" Todo tiene que tener un fin, una razón de ser instrumental; esto no puede ser otra cosa que el instinto de dominación en su germen. Y esto es parte del sentido común dominante, otra de las horribles causas (¿o consecuencias? ¿o ambas?) del capitalismo.
La gratuidad de la creación literaria, de la mera lectura esparcitiva hace que la literatura sea uno de los últimos baluartes de la humanidad pacífica, sana, tolerante, alejada del marketing de las editoriales y de los best sellers que se producen en masa.
Permitámonos leer por el hecho mismo que nos gusta. Permitámonos hacer aquellas cosas que no sirven para nada, para nada según los que intentan manipular, generar réditos, dominar.
La literatura es bastión de la fantasía, de nuestros niños interiores que gritan de hambre de libertad.
Como decía Cortázar, ya no me acuerdo en qué circunstancia: "los libros me hicieron pensar, y el pensamiento me hizo libre."
Si de libertad, pensamiento y fantasía se trata, veo justificada su inclusión en este blog. He aquí mi orgasmo literario.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario