No es casual que escriba sobre el silencio después de escribir sobre la música. Créanme que no fue planificado, sino que surgió de una conversación que tuve con Marianela, a quien, simplemente, pedí que calláramos.
El silencio es parte de la música, parte constitutiva diría yo, a tal punto que el silencio podría definirse como la ausencia de ella.
Sin embargo, y como no me gusta definir por vía negativa, digo que el silencio es la reacción del hombre ante el absurdo, el canto que sólo es entendible cuando no comprendemos ninguna otra cosa.
No estamos acostumbrados a callar, por eso los silencios nos son tan ajenos, cuando son la puerta hacia nuestra interioridad. La reflexión, sólo es posible en el silencio, el autoconocimiento tiene como condición necesaria la madurez para mirarnos en el silencio. La soledad es, entonces, su compañera inseparable, el rugido del absurdo.
Callemos nosotros para que el mundo hable, para que los otros hablen, para que nuestro vivir se purifique de ruidos y se llene de música. El callar es fundamental para poder relacionarnos con otros, es estrictamente necesario para amar.
Nuestro mundo es ruidoso, bajémosle los decibeles a cero. Sin gritos, sin bocinas, escuchando los gorjeos de la naturaleza. Quedémonos en silencio con nosotros, con los otros.
Comúnmente, "hacer callar" o "quedarse callado" tiene connotaciones violentas, de violencia hacia otro o de violencia con uno mismo: la verdadera sabiduría consiste en callarse cuando es el silencio quien debe hablar.
El silencio es tan necesario porque nos permite escuchar lo más profundo que tenemos y los más extraño que tenemos: al otro.
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1 comentario:
"Es difícil vivir, porque es difícil guardar silencio".
Aunque a veces el silencio es mucho más elocuente que las palabras.
Sólo es necesario visitar el alma humana, para entender los límites de los códigos establecidos de los pensamientos, que el hombre puede volcar donde no existen las palabras.
Me encantó lo que escribiste y por eso te lo comenté.
Tu amiga que te admira.
Jésica
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