Me he sentido vacío, vano, nimio, estupefacto, irracional, incoherente, abstruso. He experimentado tantos absurdos que el sentido de las cosas, su ser mismo, se convirtió en un cúmulo de voces inconexas, un mundo reducido a un punto.
Pero déjenme hacer mi elogio. Erasmo pretendía elogiar la locura, dar espacio a la sandez en oposición a las sabias conjeturas, a las doctas filosofías, a los discursos absolutos.
Yo quiero elogiar al absurdo, al sinsentido.
Durante mucho tiempo hemos construido un mundo serio, coherente, un todo estructurado que no pretende otra cosa que preveer sensaciones, comportamientos; nos olvidamos que existe un universo de experiencias que no pueden preveerse , ni siquiera significarse: no se pueden incluir en el mundo concebido, no son partes de ese todo.
Precisamente veo en ellas la posibilidad de la angustia, de la intensidad, del amor, de lo Sagrado, de la Vida. La vida es absurda, ¡en sí contiene la muerte! No estamos sino plagados de contradicciones, las hemos negado tanto... Permitámonos ser contradictorios, simplemente estemos juntos. Abrir el pecho y enfrentarnos a lo Absurdo es experimentar el sinsentido, la imposibilidad de avanzar, la garganta contenida, las lágrimas catarateando.
¡Cuánta valentía es necesaria para admitir nuestros absurdos!
Si la vida es un plexo de sentidos, anteriormente es un caos de absurdos. Sólo en el vaciamiento, podemos resignificar, resemantizar. Sólo en la ebriedad del Absurdo podemos valorar, comprender, vivir la sobriedad de los significados.
Necesitamos al Absurdo para ser, para experimentar la Vida en toda sus dimensiones. No lo neguemos. No nos neguemos.
jueves, 27 de noviembre de 2008
jueves, 20 de noviembre de 2008
"Son putas porque les gusta..."
"Son putas porque les gusta". Hay pocas expresiones que me irritan tanto como esta. La he escuchado de tantos hombres y (más triste aún) de muchas mujeres que parece que es de sentido común. Y por eso lo comento. Porque el sentido común muchas veces es una legitimación de las miserias que tenemos como personas y como sociedad.
En discusiones con mis amigos escucho los argumentos que pretenden sostener esta tesis nefasta: el supuesto placer que estas mujeres sienten, el rédito económico que obtienen (notoriamente superior a una operaria o, incluso, a una profesional), la posibilidad de vivir "de fiesta"... Estas consideraciones no son más que prolongaciones de ese narcisismo peneano que nos hace creer que podemos dominar el mundo con erecciones. Yo suelo preguntarles: "¿en verdad pensás que lo disfrutan?". Las respuestas sostienen la vieja pretensión masculina de la satisfacción de la mujer como autoafirmación egoísta y no como entrega verdadera de uno mismo.
Se desconoce que muchas de estas mujeres provienen realmente de una situación marginal, donde las posibilidades económicas se reducen a cero. Muchas veces con varios hijos, no tienen otra salida que reducirse a un objeto de consumo. Está sometidas a una situación de exclusión y de opresión que no deja margen para su libertad, que las mercantiliza como lo hace con absolutamente todas las actividades humanas.
La ganancia que tienen no es sino otra excusa para tranquilizar conciencias. ¿Todas cobran fortunas? ¿todas tienen como clientes a políticos y empresarios? Nuevamente la identificación fálica con el poder hace que hasta los hombres con menores recursos pretendan verlas como millonarias.
Malditos los hombres que hacen de una persona una cosa, es la peor de las miserias humanas. Maldito el sistema que oprime y esclaviza.
En discusiones con mis amigos escucho los argumentos que pretenden sostener esta tesis nefasta: el supuesto placer que estas mujeres sienten, el rédito económico que obtienen (notoriamente superior a una operaria o, incluso, a una profesional), la posibilidad de vivir "de fiesta"... Estas consideraciones no son más que prolongaciones de ese narcisismo peneano que nos hace creer que podemos dominar el mundo con erecciones. Yo suelo preguntarles: "¿en verdad pensás que lo disfrutan?". Las respuestas sostienen la vieja pretensión masculina de la satisfacción de la mujer como autoafirmación egoísta y no como entrega verdadera de uno mismo.
Se desconoce que muchas de estas mujeres provienen realmente de una situación marginal, donde las posibilidades económicas se reducen a cero. Muchas veces con varios hijos, no tienen otra salida que reducirse a un objeto de consumo. Está sometidas a una situación de exclusión y de opresión que no deja margen para su libertad, que las mercantiliza como lo hace con absolutamente todas las actividades humanas.
La ganancia que tienen no es sino otra excusa para tranquilizar conciencias. ¿Todas cobran fortunas? ¿todas tienen como clientes a políticos y empresarios? Nuevamente la identificación fálica con el poder hace que hasta los hombres con menores recursos pretendan verlas como millonarias.
Malditos los hombres que hacen de una persona una cosa, es la peor de las miserias humanas. Maldito el sistema que oprime y esclaviza.
domingo, 16 de noviembre de 2008
Intensidad
Creo que la tarea de repensar no es otra que la de vivir. Más bien, indagar si estamos viviendo como queremos o si estamos siendo presos de la vorágine y de la masificación. Es una estupidez pensar que tendremos libertad absoluta e incondicionada, así estaríamos solos en el mundo y no hay peor infierno, salvo la desesperanza.
Pensemos si en verdad somos lo que queremos ser, ese es el significado de la intensidad. Sólo podemos vivir intensamente si maximizamos la experiencia que nos acontece y si nos lanzamos totalmente cuando creamos. En este doble juego de padecer (en el sentido en que el mundo viene sobre nosostros, el pathos griego) y hacer nos producimos, surgimos, florecemos en el ser-nosotros.
Sólo la intensidad nos saca del absurdo del dolor. Precisamente, cuando la angustia inunda (o en el peor de los casos, se contiene) es la intensidad la que nos da cuenta de la vida que estamos viviendo. Y creo que (optimismo mediante para algunos) la Vida tiene la gloria de la satisfacción a pesar del dolor. En otras palabras, aún si algo nos hiere en lo profundo, con la intensidad que todos hemos experimentado, es el hecho de sentirnos vivos y de vivir lo que nos obliga a salir al mundo, a conquistar esa vida que padecemos, a volver a sentir la intensidad del hacer, pero sobre todo la del ser-nosotros.
El dolor intenso nos hace padecer la Vida, y nos empuja a la Vida, a su gloria, la nuestra.
Pensemos si en verdad somos lo que queremos ser, ese es el significado de la intensidad. Sólo podemos vivir intensamente si maximizamos la experiencia que nos acontece y si nos lanzamos totalmente cuando creamos. En este doble juego de padecer (en el sentido en que el mundo viene sobre nosostros, el pathos griego) y hacer nos producimos, surgimos, florecemos en el ser-nosotros.
Sólo la intensidad nos saca del absurdo del dolor. Precisamente, cuando la angustia inunda (o en el peor de los casos, se contiene) es la intensidad la que nos da cuenta de la vida que estamos viviendo. Y creo que (optimismo mediante para algunos) la Vida tiene la gloria de la satisfacción a pesar del dolor. En otras palabras, aún si algo nos hiere en lo profundo, con la intensidad que todos hemos experimentado, es el hecho de sentirnos vivos y de vivir lo que nos obliga a salir al mundo, a conquistar esa vida que padecemos, a volver a sentir la intensidad del hacer, pero sobre todo la del ser-nosotros.
El dolor intenso nos hace padecer la Vida, y nos empuja a la Vida, a su gloria, la nuestra.
sábado, 8 de noviembre de 2008
Repensando el amor III
Cynthia agradezco mucho tu comentario. Esta entrada es hija de él. A quienes lean les ruego lo mismo, esto pretende ser diálogo y no monólogo.
El amor sujeto a los cuestiones sociales. Como todo, la influencia de la cultura en las dimensiones más importantes de la vida humana. No quiero caer en el culturalismo de muchos antropólogos, desde ya que creo en la condición humana como algo dinámico, pero peculiar dentro del universo. Me refiero a que este amor que estamos repensando es el amor en la cultura occidental, fuertemente influenciada por el cristianismo y por el capitalismo (prescindamos, por ahora, de juicios de valor).
Me declaro un monógamo. Si bien es posible en ciertas sociedades la existencia de una vivencia del amor a nivel grupal, es la exclusividad lo que hace al amor tal. La maravilla de una persona y el milagro de su existencia responden a una unión a la que bien están convocados ambos. Así, y si es verdad que el amor implica una reciprocidad misteriosa y concretísima, sólo es posible su existencia de la mano de la entrega total. Y esa entrega no admite terceros. Muchas veces la poligamia ha sido una justifiación religiosa a la explotación de la mujer.
Sin embargo, y con todo, no pretendo rotular al amor. Desde siempre nos han dicho que somos "amigos", "novios", "esposos" y hasta "amantes". Nunca entendí las etiquetas al amor. Evitémoslas. Que no hayan imposiciones sociales que nos digan cómo amar. Precisamente, ¡el amor se hace de a dos, no de a 30 millones!
Las relaciones estereotipadas suelen caer en la trampa de los celos, pero de ellos me ocuparé en otra ocasión. La fidelidad es condición necesaria de la entrega, pero no es siquiera tema recurrente para el amante, no es una idea que deba cuestionarse, puesto que es un a priori y una condición sine qua non en el amor. Si éste cae, el perdón es urgente, y no hay mayor muestra de entrega. Cynthia me decía: "¿y si pensásaramos en una relación de respeto muto y no de posesión?"
Creo que la posesión del amor es el principal riesgo para el amante: es la total malversación de la entrega, que se hace autosatisfacción.
Reconocer al otro en su libertad y en su condición de amante es el primer paso para amar en el sentido pleno de la palabra.
Amemos al otro, reconociendo el milagro humano de su existencia.
El amor sujeto a los cuestiones sociales. Como todo, la influencia de la cultura en las dimensiones más importantes de la vida humana. No quiero caer en el culturalismo de muchos antropólogos, desde ya que creo en la condición humana como algo dinámico, pero peculiar dentro del universo. Me refiero a que este amor que estamos repensando es el amor en la cultura occidental, fuertemente influenciada por el cristianismo y por el capitalismo (prescindamos, por ahora, de juicios de valor).
Me declaro un monógamo. Si bien es posible en ciertas sociedades la existencia de una vivencia del amor a nivel grupal, es la exclusividad lo que hace al amor tal. La maravilla de una persona y el milagro de su existencia responden a una unión a la que bien están convocados ambos. Así, y si es verdad que el amor implica una reciprocidad misteriosa y concretísima, sólo es posible su existencia de la mano de la entrega total. Y esa entrega no admite terceros. Muchas veces la poligamia ha sido una justifiación religiosa a la explotación de la mujer.
Sin embargo, y con todo, no pretendo rotular al amor. Desde siempre nos han dicho que somos "amigos", "novios", "esposos" y hasta "amantes". Nunca entendí las etiquetas al amor. Evitémoslas. Que no hayan imposiciones sociales que nos digan cómo amar. Precisamente, ¡el amor se hace de a dos, no de a 30 millones!
Las relaciones estereotipadas suelen caer en la trampa de los celos, pero de ellos me ocuparé en otra ocasión. La fidelidad es condición necesaria de la entrega, pero no es siquiera tema recurrente para el amante, no es una idea que deba cuestionarse, puesto que es un a priori y una condición sine qua non en el amor. Si éste cae, el perdón es urgente, y no hay mayor muestra de entrega. Cynthia me decía: "¿y si pensásaramos en una relación de respeto muto y no de posesión?"
Creo que la posesión del amor es el principal riesgo para el amante: es la total malversación de la entrega, que se hace autosatisfacción.
Reconocer al otro en su libertad y en su condición de amante es el primer paso para amar en el sentido pleno de la palabra.
Amemos al otro, reconociendo el milagro humano de su existencia.
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