martes, 31 de agosto de 2010

Utopía

Hoy me preguntaron qué era una utopía. Seguramente porque escucharon que, en determinadas circunstancias, mencioné que había visto varias de mis utopías realizadas. La primera impresión que nos genera la palabra es una situación o hecho imposible de darse en la realidad, lo utópico pasa a ser lo inasequible, la entelequia más pura. Pero no.
La utopía ha tenido exponentes gigantes a lo largo de la historia de la filosofía y del pensamiento: Platón, Agustín de Hipona, Tomás Moro, Charles Fourier, Simón Bolívar. Pero de nada sirve enumerar una lista tan heterogénea como renombrada si no empezamos a delinear mínimamente esos rasgos comunes que tienen estas propuestas.
La utopía no es lo imposible, al contrario, son visiones proyectadas con fuertes lazos con la realidad que se les presenta a sus autores. La utopía es el mejor de los mundos viables, sin embargo, eso es sólo el principio. Creo que esta es la característica fundamental de las utopías: siempre son perfectibles, es decir que, mientras más nos acercamos a ellas, más parecen alejarse. No tiene ésto una visión pesimista ni negativa, puesto que establece como posibles esas proyecciones que cada autor, cada sociedad se representan.
Las utopías tienen estados intermedios, pequeñas (o enormes) conquistas que han sido utópicas alguna vez y que hoy son reales. Esto demuestra que la instisfacción por no alcanzar el todo nos haga perder la vista sobre nuestras sencillas victorias. A estos triunfos a menor escala (como podrían ser la satisfacción total alimentaria de la población o el 0% de analfabetismo) me refería cuando hablaba de utopías realizadas.
Una forma muy común de cambatir las utopías de cambio es categorizarlas como imposibles. Son los que detentan la hegemonía, el poder opresivo de hoy los que nos quieren hacer pensar que las utopías son simples fantasías ilusorias y obsoletas. Obviamente, las utopías son los sueños de cambio, de más justicia, de mejor sociedad; todo esto imposible dado el estado de la situación actual, dominado por clases opresoras cuyo afán de poder y lucro es el principal motivo de tal condena. Un pueblo sin utopías es un pueblo que no cambia, y si no cambiamos seguiremos oprimidos.
No nos podemos quedar sin utopías, sería lo mismo renunciar a la esperanza, renunciar a los sueños. No dejemos que nos quiten nuestras utopías, recordemos que lo que hoy es real, alguna vez fue utópico.
Que sean nuestras utopías las que nos orienten hacia una sociedad más incluyente, más humana. Como dice el maestro Eduardo Galeano (cuyas palabras no recuerdo exactamente, espero no traicionar su sentido): las utopías son horizontes a los que nunca se llega, pero señalan hacia dónde caminar.

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