domingo, 16 de agosto de 2009

Mano dura

Es común escuchar hablar sobre la seguridad. Expresiones de fastidio, bronca, desesperanza. Nos sentimos inseguros y elevamos la voz de la rabia, no sabemos qué más hacer, votamos a payasos que dicen que tienen la fórmula mágica y sólo ponen su cara feliz y sonriente al lado de la palabra “seguridad”. Ha sido el deleite de los publicistas y un anhelo de la población en las últimas elecciones, que inexorablemente consagrarían ganador a quien mejor se posicionara en relación a estas demandas, lo que previsiblemente se obtendría mediante millonarias inversiones y apariciones en programas de audiencia masiva.
La opinión pública pretende obtener la seguridad con marchas y endurecimiento de penas, siendo lo primero absolutamente legítimo y lo segundo tan legítimo como un golpe de Estado. La búsqueda de seguridad es acompañada por las innumerables noticias de homicidios y robos, sobre todo perpetrados por menores de edad que, a menudo, son reincidentes y automáticamente rotulados como irrecuperables y amenazas sociales que hay que encerrar urgentemente, de ser posible de por vida.
No pretendo negar la verosimilitud de tales noticias, sería necedad, incluso viniendo de alguien que desconfía de los intereses corporativos que comúnmente llamamos medios de comunicación. Necesito cuestionar el facilismo con que se pretende dar solución al problema. Los que se postulan como paladines de la seguridad proponen (por así decirlo, en realidad esta pseudopropuesta ha sido abstraída de su perspectiva ideológica. No he encontrado, al menos en la última plataforma electoral, anticipos de proyectos de ley nacional que pretenda dar cuenta de posibles soluciones) mayor inversión policial (léase mayor poder a los aparatos represivos del Estado), endurecimiento del código penal, tristemente logrado con las leyes Blumberg, erradicación de villas y reubicación en cinturones pobres, como el Ingeniero Macri pretende hacer con la 31 y su migración al Sur de la Ciudad.
Represión y endurecimiento: soluciones facilistas y fascistas.
Lo que más urge denunciar es la ceguera en el ánimo general y la instalación de estas medidas como únicas soluciones al planteo de la seguridad. La tarea policial no soluciona la cascada delictiva puesto que, en el mejor de los casos, no resuelve la raíz del problema sino que intenta podar los brotes, en otras palabras, mayor inversión en tecnología y personal llevaría a una policía más fuerte y más capacitada para actuar sobre los hechos delictivos pero no solucionaría nada, porque el mismo delito no es más que la punta del iceberg, el emergente del problema real que es la pobreza. Nuevamente se yerra metodológicamente: es mucho más efectivo atacar la base del fuego que sus llamas, cortar las raíces que podar la enredadera. Se busca reprimir los emergentes de la inseguridad, no las causas de ella.
El endurecimiento de las penas es estéril, incluso contraproducente. ¿Cuál es beneficio? El presupuesto absurdo de la intimidación y la justicia de ver a los delincuentes encerrados un tiempo mayor. El primero es ilusorio y no encuentra corroboración estadística doquiera, el segundo viola los principios de la rehabilitación del delincuente. Sé muy bien que hay argumentos de sobra para castigar precisamente la tesis rehabilitante: la reincidencia, la anatematización de las personas, la exclusión total del sistema productivo. Sin embargo, son falencias atribuibles a la pauperización del sistema carcelario y no a la naturaleza de la ley.
Las medidas que nos venden como únicas posibles son medidas de defensa de los que tienen y una criminalización de la pobreza, la reducción de los sectores marginales a amenazas de la gente común y de bien, de los laburantes y de los honestos.
Los supuestos de estas afirmaciones son la legitimación de la exclusión, la sanción de leyes de aparente neutralidad social, pero destinadas a aplicarse con toda severidad en las clases más pobres, porque son ellos los delincuentes, son ellos quienes deben ser reprimidos por las fuerzas de seguridad quienes deben defender a la gente “honesta”.
La rotulación es exagerada, pero no menos real. Al lector medio le resultará familiar o no este discurso, pero es el que se esconde detrás de la “mano dura”. También son conocidas las doctrinas que afirman que los pobres lo son porque quieren, o porque no quieren trabajar, o más “benevolentemente” porque no saben lo que es. Ni siquiera debo molestarme en refutar las afirmaciones que se realizan desde la mayor de las ignorancias de la pobreza estructural y desde el más negro de los prejuicios de la clase media.
Pobre es aquel que no sólo no tiene, sino que no puede tener. Para los que aman este sistema de éxito, que no premia los méritos humanos sino la capacidad de enriquecerse a cualquier costo, sepan que esta estructura de producción excluye masas y masas de su sistema y no sólo es la distancia entre el trabajador y el dueño del capital, sino los que ni siquiera tienen en poder de ofrecer su mano de obra al Mercado. Son los sacrificados por el sistema de producción, quienes no tienen la posibilidad de cubrir sus necesidades básicas porque no tienen la posibilidad de tener ingresos. Y esto es sólo un aspecto de la pobreza, la que la misma riqueza genera.
La producción del capital y el neoliberalismo hacen que millones de personas se vean imposibilitadas de trabajar por su dignidad y su propio sustento. Precisamente para los que más tienen tengan más, lo que menos tienen deben tener menos. Así la pauperización estructural queda servida: con necesidades básicas insatisfechas es imposible su acceso a la educación que es uno de los medios de ascenso social, su número millonario es razón suficiente para el colapso de hospitales y la ya nombrada exclusión laboral hace que los pobres cada vez sean más pobres. Incluso se les reprocha la gran cantidad de hijos: mi refutación sólo será: “nefasto argumento malthusiano”.
La competitividad y el lucro personal excluyen a los que nacen pobres, porque las oportunidades de progreso no son las mismas. Y los que están dentro de la producción deben protegerse de los que están fuera.
La “mano dura” no hace más que criminalizar la pobreza: es intentar matar con balas el monstruo gigantesco que el mismo capitalismo ha engendrado. El mismo sistema ha creado su amenaza y la ley debe defenderlo.
La solución no es aplacar los síntomas sino combatir el núcleo de la enfermedad, además de aquello que le da origen: para combatir la delincuencia hay que cortarle su raíz que es la pobreza y para combatir la pobreza tenemos que combatir su causa eficiente y material que es la exclusión intrínseca del modo de producción vigente y las relaciones sociales que configura. La pretensión de la “mano dura” es hacer pagar a otros, muchas veces inocentes, por las ambiciones de unos pocos.

1 comentario:

Laura dijo...

Me gusto muchisimo esta reflexión.